El arte de Cliff Lee y nuestra vergüenzas

La rifa del tigre

Carlos Puig

  • 2009-11-01 | Milenio semanal
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El miércoles por la noche el señor Cliff Lee, de profesión pitcher de beisbol, se paró en medio del nuevo estadio de los Yankees de Nueva York y con su casaca de los Phillies dio una lección de capacidad física, inteligencia, dominio de los nervios y resistencia a la hostilidad de los aficionados neoyorquinos para lanzar una maravilla de juego. Un puñado de hits, 10 ponches, ninguna base por bolas y un dominio absoluto de los poderosísimos bateadores rivales. Hay un momento, cada otoño, cuando los mejores se enfrentan en la Serie Mundial y el beisbol se convierte en verdad en El Rey de los deportes. La combinación de precisión, capacidad atlética, inteligencia, estrategia y plasticidad es incomparable.

Por otro lado, hay pocos deportes en el mundo –creo que ninguno– que requieran la combinación de velocidad y precisión de 22 elementos al mismo tiempo como en el futbol americano. Cuando se hace bien, es como un baile ejecutado por hombres de 150 y 200 kilos, cada uno con una misión específica planeada al detalle. Atrás de cada hombre que pisa un campo de futbol americano hay un ejército de entrenadores y técnicos encargado de diseñar cada movimiento. El momento en que se completa un pase, o un corredor cruza la línea de golpeo para avanzar 10 o 15 yardas, o cuando la defensiva atrapa al mariscal de campo atrás de la línea, todo es producto de las acciones precisas de los jugadores que no aparecen en los resúmenes de la televisión.

Estos son los dos deportes por excelencia de los estadunidenses. Y son, como tantas cosas de los vecinos, únicos, aunque en el caso del beisbol se haya extendido al Caribe y Asia y el futbol americano ande por Canadá y Estados Unidos. Ambos casos son grandes empresas, multimillonarias, administradas como consorcios y reguladas y vigiladas por el gobierno. En ambos casos, el gobierno ha tenido que intervenir en algunas ocasiones para asegurar la continuidad y salud del espectáculo. No las detentan monopolios y los mismos dueños controlan de manera estricta que las ligas sean parejas, que los beneficios por derechos de mercadotecnia y administración se repartan de manera justa. El dinero importa poco. Los estadios están llenos, los ratings de la televisión explotan. En ambos deportes la estructura de formación de jugadores, su desarrollo y su reclutamiento posterior al profesionalismo están íntimamente ligados a la estructura escolar desde la secundaria. Nadie llega si no pasa por un equipo universitario, y por tanto, más allá de privilegios, por la universidad.

En todo esto pienso cada fin de semana cuando veo nuestro futbol mexicano o cuando me entero que en Guadalajara, nuestros líos de politiquería están a punto de dar al traste con la posibilidad (e inversión) de tener los Juegos Panamericanos en la capital de Jalisco. Cuando leo dos de los nombres involucrados, Vázquez Raña y Bernardo de la Garza (ex del Partido Verde)... mejor me resigno.

masalla@gmail.com