Ásterix y Óbelix, esos cincuentones
Pepe el toro es inocente
Jairo Calixto Albarrán
“Capri, c’est fini, je ne crois pas que je retournerais un jour”, iba tarareando en el pesero que se deslizaba olímpicamente sobre Reforma, a manera de evocación nostálgica de las clases de francés en la secundaria donde, a pesar de la maestra que se empeñaba en tratarme como un exiliado en la Isla del Diablo, me hice francófilo. Iba al IFAL para perfeccionar mi guturalidad, pero antes aterrizaba en la hoy desaparecida Librería Francesa asentada en la Zona Rosa defeña, ahí donde las dependientas portaban cierto look intelectual que luego cobraría prestigio en las películas porno.
Era mi época kunderiana y leía en esos mullidos sillones L’insoutenable légreté de l’être, mientras me ponía al día con las aventuras del que sería mi sherpa en materia del canon del cómic: Asterix, que hoy celebra su cincuentenario con el vigor que ha hecho de su aldea un territorio irreductible que se niega a ser derrotada por el invasor Julio César.
Serían Ásterix y Óbelix, más su perro Idéfix, y no las lecciones de La France en direct, lo que me inocularía mi desbordada galofilia. Gran loa a sus creadores, René Goscinny y Albert Uderzo que a 50 años de su primera aparición en la legendaria revista Pilote (de donde emergieron Corto Maltés, Lucky Luke y Tintín), continúan siendo símbolos de la égalité, liberté y la fraternité, en cuyos periplos y peripecias debidamente acondicionados con un elegante, despiadado y acomedido sentido del humor se consolida la tesis fundamental de sus autores: el mundo no es muy distinto desde la Edad de Hierro hasta la posmodernidad.
Nacido en 1959 bajo la euforia de la posguerra, en plena reconstrucción de la Francia lacerada por la ocupación nazi y como una respuesta al advenimiento de la invasión cultura yanqui encabezada por Clark Kent y Mickey Mouse, Ásterix representa el espíritu galo: luchador, aguerrido, noble, pero al mismo tiempo testarudo y con serias tendencias a la palurdez. Es un homenaje a La Resistencia que desde la clandestinidad y las catacumbas de París se abrió paso entre los ejércitos alemanes que habían tomado la patria de Víctor Hugo con la misma arrogancia con la que Julio César se apoderó de Las Galias y obligó al valiente Vercingetorix, el gran jefe Arverno, a reconocer la derrota, no sin antes arrojarle al emperador su escudo al suelo como última señal de irreverencia.
La leyenda de una aldea gala habitada por irreductibles guerreros que, a pesar de estar rodeados por los campamentos invasores de Babaorum, Acuarium, Laudanum y Peibonum, nunca fueron aplastados por los legionarios romanos, sirvieron de fuente de inspiración para que Uderzo y Goscinny renovaran la historieta. Así, Asterix y Obelix, gracias a una extraña pócima ideada por un druida llamado Panoramix que les otorgaba una fuerza singular para conformar una résistence vigorosa en contra de todos esos siniestros tribunos, atorrantes centuriones y pobresdiablescos legionarios cuyo único propósito en la vida era abducir, a madrazos o con triquiñuelas, a esa aldea que ponía en entredicho las capacidades guerreras de los ejércitos del César. El elíxir le otorgaba capacidades especiales a la tribu de Ásterix, pero de ninguna manera podía hacerlos refractarios a manifestaciones tan humanas como la envidia, el resentimiento, la avaricia y demás pecadillos capitales que le dan sabor y condimento al caldo de cultivo que es la existencia.
El Libro de Oro de Ásterix y Óbelix le rinde culto a estos cincuentones. Celebremos con ellos en una opípara bacanal con jabalí asado y jarras de vino para que cuando estemos suficientemente ebrios digamos como un solo hombre: ¡Ferpecto!
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