Muro de los lamentos
Cientos de kilómetros de hormigón, concreto y alambre se levantan rodeando el territorio palestino de Cisjordania para recordarnos la milenaria herida abierta en Tierra Santa.
No fue suficiente una sola frontera hecha de hierro y vergüenza —el Muro de Berlín—, paredón de agravios, dolores, rencores y muerte. Al norte de Cisjordania, en Tierra Santa, se elevan ya cientos de kilómetros de hormigón y de alambre, zanjas y torres de vigilancia para los palestinos cercados por el Ejército israelí. Es el “muro del apartheid” para los palestinos; la “barrera antiterrorista” para los israelíes. Tierras, escuelas, centros de trabajo y de salud separados por una muralla, otra, hecha con el mismo material de todas las otras: ignominia, exterminio, barbarie.
Cayó el Muro de Berlín, pero la lección parece no haber quedado asimilada. Alguien tiene que cultivar el odio, beber su lodo, alimentar su rabia. Odio es el sitio: bienvenidos.













