El campo devastado mientras crece nuestra dependencia alimentaria
Las carencias en la producción nacional de alimentos ha obligado al gobierno a importar productos agroalimentarios hasta por 40 mil millones de dólares en el sexenio actual.
La mala noticia es el encarecimiento del precio de los alimentos en el mundo, la peor, la creciente dependencia alimentaria de México. Esto puede ocasionar un déficit comercial de hasta 10 mil millones de dólares el próximo año, según cálculos del Fondo Monetario Internacional. El campo se encuentra en la ruina y para constatarlo hay datos de sobra: la superficie sembrada de maíz diminuyó en un millón de hectáreas en 2008 con respecto a 1997, y hoy otro millón de hectáreas está al borde de la inutilidad por falta de mantenimiento de sus sistemas de riego, de crédito y por la baja rentabilidad de los cultivos.
México se ha convertido en un importador agroalimentario. En lo que va del sexenio de Felipe Calderón estas importaciones alcanzaron los 40 mil millones de dólares; en promedio cada año se han importado 13 mil millones de dólares de alimentos para suplir las carencias de la producción nacional. Lo que ocurre en el campo mexicano —donde persiste la pobreza en más de cinco millones de hogares rurales, se ha deteriorado gravemente la calidad de vida y se han perdido dos millones de empleos entre 1994 y 2006— es resultado de lo que Víctor Suárez, director de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo (Anec), define como “una política agroalimentaria funcional al modelo de privatización”. “En los últimos 25 años los gobiernos priístas y panistas han llevado a cabo una verdadera guerra contra los campesinos mexicanos —dice Suárez—, bajo el argumento de que son improductivos, ineficientes e incapaces de insertarse en los mercados globales. Se trata de una política agroalimentaria funcional al modelo de privatización, apertura comercial y estancamiento económico estabilizador. En este contexto, las importaciones económicas se privilegian por sobre la producción nacional”.
BENEFICIARIOS DEL ABANDONO DEL CAMPO
La balanza comercial en cuanto a importación de alimentos es negativa. En los primeros tres años de este sexenio se han importado 36 millones y media de toneladas de granos y oleaginosas (maíz, frijol, trigo, sorgo, arroz, cebada y soya) y vale preguntarse quién se ha beneficiado de que México se haya convertido en un importador agroalimentario. The Wall Street Journal Americas reportó que Archer Daniels Midland (ADM; la empresa retratada en la reciente película El Desinformante), reportó en el tercer trimestre del año fiscal 2007 ganancias en Estados Unidos por 42 por ciento en su actividad como procesador de alimentos, y multiplicó siete veces las utilidades de la filial que almacena, transporta y comercia granos como maíz, trigo y soya. La famosa Monsanto, empresa líder en la producción de transgénicos, semillas híbridas y herbicidas, duplicó sus ganancias en el mismo periodo.
Armando Bartra, reconocido investigador del tema del campo anota que “el índice de precios de alimentos de The Economist está en su punto más alto desde que empezó a hacerse en 1845. A fines de 2007, como saldo de un incremento de 130 por ciento durante el año, el trigo llegó a 400 dólares la tonelada, el mayor precio de que haya memoria, y el maíz escaló los 175 dólares, también un récord. Según el Banco Mundial de fines del 2006 a principios del 2008, el precio de los alimentos en general se incrementó en casi 50 por ciento”.
Sin embargo, en México, la supuesta modernización del campo generó su abandono. La agroindustria del norte del país poco tiene que ver con la extensa realidad del campo mexicano, anclado en el atraso y víctima de un modelo económico imposibilitado de generar un verdadero desarrollo para los ejidatarios y sus microparcelas. “Antes teníamos —señala Víctor Suárez— autosuficiencia alimentaría sobre la base de la producción campesina, además de políticas activas de apoyo y protección del Estado mexicano. Ahora estamos en el peor de los mundos: se ha desmantelado nuestra estructura de producción interna de alimentos y se tiene una dependencia alimentaria creciente y a precios sin precedentes”.
En cuanto a la agroindustria capaz de exportar, la del norte del país, proveniente del modelo de la modernidad en el campo, el propio Suárez señala que allí “las exportaciones agroalimentarias están excesivamente concentradas en una minoría de agricultores ricos y empresas exportadoras, buena parte de ellas extranjeras. Los beneficios de las agroexportaciones se concentran en muy pocas manos con un altísimo costo social, como la explotación laboral de los jornaleros agrícolas, con todas sus repercusiones y con altísimos costas ambientales, como la contaminación de mantos freáticos y suelos agrícolas, el abatimiento de los acuíferos, etcétera”.
De acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 3.3 millones de lo que pueden considerarse unidades de producción agrícola en el país son minifundistas que cultivan en extensiones de cinco hectáreas o menos, donde el sistema de producción es en pequeña escala y con base a la organización familiar del trabajo. La pobreza es una cruda realidad para cinco millones de ejidatarios, comuneros y pequeños propietarios: medio millón de hogares campesinos sobreviven con menos de un salario mínimo, cultivando pequeñas extensiones de tierra casi siempre de temporal.

UN MODELO AGOTADO
En la sección de agricultura del World Development Report, de 2008, el Banco Mundial reconoce que “el ajuste estructural (...) desmanteló un elaborado sistema de agencias públicas que proveía a los campesinos con acceso a la tierra, al crédito, a los seguros, a los insumos y a las formas cooperativas de organización. Las expectativas de que estas funciones serían retomadas por agentes privados no ocurrieron (...). Mercados incompletos y vacíos institucionales impusieron costos enormes (...) un crecimiento que se frustró y pérdidas en bienestar para los pequeños productores, amenazando su competitividad y en muchos casos su sobrevivencia”.
Ante estos hechos el Banco Mundial recomienda: “Es necesario volver a colocar al sector de la agricultura en el centro del programa de desarrollo”. El Fondo Monetario Internacional también tiene una opinión al respecto: mientras Robert B. Zoellick, su presidente, urgió a la comunidad internacional a tomar medidas frente “a la situación de emergencia” que se deriva de la crisis alimentaria, Dominique Straus-Kahn describió lo que puede ocurrir en un futuro inmediato: “Cientos de miles de personas pueden dejar de comer. Los niños sufrirán desnutrición, con consecuencias para el resto de sus vidas (...); el alza de precios de la comida está acabando con todo lo obtenido en reducción a la pobreza (...) y esta puede ser la ruta de un gran conflicto en el futuro”.
“No hay duda —dice Armando Bartra— el mundo necesita más y mejor comida pero no puede producirla del mismo modo como lo hacía antes, con altos precios, bajos inventarios, ascendentes costos de transporte, progresiva derivación de las tierras y de los cultivos a fines no directamente alimentarios y crecientes efectos del cambio climático sobre las cosechas. Depender de la importación de granos básicos es ruinoso para los países que quizá puedan pagarlas y suicida para los más pobres”.
En México, Lorenzo Mejía Morales, dirigente de la Unión Nacional de Industriales de Molinos y Tortillerías, hizo pública la propuesta de exigir al Congreso un proyecto de ley que fije en cinco pesos el precio del kilo de tortillas. Entrevistado por la prensa nacional Mejía señaló que en los últimos nueve años el consumo de tortilla en México pasó de 325 a 200 gramos per cápita. “Esa deficiencia en la alimentación se reflejará en la niñez del país. Estamos preocupados porque en meses anteriores comprábamos la tonelada de maíz a dos mil 800 pesos y hasta en dos mil 900. Ahora está en tres mil 400. Estamos aguantando las alzas”, dijo el dirigente de la Unión Nacional de Industriales de Molinos y Tortillerías.
Datos y más datos de un país cuya dependencia de las importaciones agroalimentarias crece como resultado de la insuficiente producción doméstica de alimentos: en 2008 México importó 42 por ciento de su consumo alimentario. De los productos que hoy consumimos ya no son mexicanos 97 por ciento de la soya, 70 por ciento del arroz, 50 por ciento del trigo, 33 por ciento del maíz, 20 por ciento de la carne de res, 33 por ciento de la carne de cerdo y 13 por ciento de la leche.



