La historia se repite
Diario sin motocicleta
Canek Sánchez
Hace 13 años hice algo parecido. Por impulso tribal llegué a Pachuca, esa pequeña y aburrida ciudad al noreste de la capital, donde viven mis padres y tres de mis hermanos. Golpeo la puerta con mediana delicadeza, bártulos a un lado, y el viejo esboza un gesto de estupefacción y alegría al verme llegar —una vez más— sin avisar. Después viene el abrazo. Supongo que en eso consiste la extenuante labor de ser el hijo pródigo: aparecer y desaparecer, partir y volver, vivir a caballo entre la ausencia y la pertenencia al clan. Llegar sin avisar para no arruinar la sorpresa…
Igual que hace 13 años.
El taxista es politólogo, sociólogo y parlanchín, como la mayoría de sus cofrades. Me pone al día de las locuras de la política nacional, ese continuum al que los mexicanos llaman la grilla. Su relato me enternece y estremece a la vez: hay cosas que nunca cambian. Al referirse a los políticos, su juicio es lapidario: el que no es una mierda es un hijo de puta. Nadie escapa a esa furia jocosa, casi filosófica, que el taxista exhibe con soltura y provocación. El trayecto es ameno y la conversación contagiosa. Se interesa por los independentismos vasco y catalán y le cuento lo poco que sé sobre el tema. Me pregunta y le pregunto, el intercambio se hace. Al final casi somos amigos; en todo caso, le agradezco el cursillo de escepticismo político.
Era una ciudad minera, fundada en el siglo XV con el nombre de Patlachiuhcan. Agotados el oro y la plata ahora vive de los servicios. La rodean varios cerros perforados por la minería y ahora sembrados de barrios pobres y multicolores. Recuerdo cuánto me asombró, hace 13 años, comprender que si el eje de la cultura cubana es el ritmo, el de la mexicana es el color. Me sorprendía entonces y en cierto modo me sorprende hoy también, incluso despojado de folclorismo y poetización de la policromía.
Camino junto al río motorizado, los gases se acumulan en mi garganta. Doy vuelta en una calle, luego en otra y desemboco en el centro. Los muertos me saludan desde una camioneta. La procesión es breve y extrañamente festiva. En el otro lado del “charco” muchas veces me preguntaron por esta relación cultural con la muerte, que les parece símbolo de la mexicanidad. Quizá lo sea, nunca he podido explicarme este fenómeno iconográfico e iconoclasta, serio y mordaz, respetuoso e irreverente a la vez. No sé si es el culto a la muerte o el miedo a ésta lo que genera tanta simbología barroca y contradictoria. En todo caso, hay algo de presurrealista en esta calle de lentos movimientos: el sol, la música (una suerte de mariachi fúnebre), los falsos cadáveres vestidos de vivos, la gente con mascarillas en la boca, los automóviles que pasan en sentido contrario a una tradición que parece avanzar hacia su propia muerte…
Me siento en un parque, entre dos avenidas. Miro alrededor y me sorprendo ante gestos que antes me parecían habituales. Sonrío al darme cuenta que extrañaba algunas pequeñeces de este mundo cotidiano, tan habituales que uno llega a olvidar que ahí están. Fumo un cigarro pensando en su precio. Vuelvo a cambiar de moneda, lo que implica un proceso de adaptación y revalorización de las cosas. Tras haber aprendido a pensar en otros billetes, ahora éstos me resultan ajenos, inmensurables. Cuando veo el precio de una mercancía cualquiera tengo que convertirlo en mi cabeza para entender su valor real. En efecto, me parece estar en un país idealizado, metafórico.
Y me pregunto por qué…
Hace 13 años, cuando volví de una Cuba que me había ocupado una década entera comencé a redescubrir el país del que había partido con 12 años. Fue un proceso intenso, venía de una sociedad —la cubana— que desprecia profundamente a Latinoamérica. Venía de un país en crisis y llegué a un país en crisis. Como ahora…
A veces, hablando con amigos de un sitio u otro, me parece tener la impresión de que formo parte de una generación que sólo ha conocido la crisis. En los relatos de mi generación no hay sueños ni estabilidades, sino pérdidas, renuncias y decadencias varias. Crisis económicas, culturales, sociales, políticas, ideológicas, éticas. Una tras otra. Hace poco, con un viejo amigo, comenzamos a relacionar las fechas de las diversas devaluaciones que atravesaron nuestra infancia y adolescencia con las carencias, broncas y separaciones en nuestros respectivos hogares. Fue un ejercicio tortuoso pero divertido. Nos comprendimos un poco más. Nos insertamos en nuestro tiempo.
Los retornos están llenos de sorpresas. Todo parece idéntico y sugiere inmovilidad, sin embargo, poco a poco comienzan a aparecer las pequeñas transformaciones de la vida cotidiana: Fulana y Fulano se separaron, Mengano se fue a vivir a Nosedónde, Zutano ya no vive… Fue justo esta última noticia la que me dejó paralizado: el asesinato de uno de mis tíos, hace tres años. Mi padre se excusa: no quiso contarme por correo lo ocurrido, además “para qué”. Tiene razón, no hubiera cambiado nada el que yo lo supiera o no. Ni siquiera tenía dinero para venir en ese momento. Saberlo ahora no es ni más ni menos doloroso. La sensación es la misma. El vacío es igual.
Hay días en que pienso que la violencia es endémica, un proceso incrustado en lo más profundo de la cultura nacional. La patria se forja con violencia. La guerra es parte del humanismo, o al menos del inevitable hecho de ser humano. El crimen parece lo más natural en nuestra especie. Todos los días, en cualquier sitio, el asesinato se refleja en la prensa. A veces te toca de cerca, si no, lo ves en la televisión. Abres el periódico, emites un gruñido al leerlo y sigues de largo. Esperas que no te ocurra a ti ni a los tuyos. Es lo más próximo al optimismo en estos días.
Sonrío. A pesar de los descalabros estoy feliz de estar aquí. Me regodeo en los detalles. Veo alrededor con la mirada despojada de romanticismo, también de desprecio. No soporto a quienes aborrecen a un pueblo entero. Acepto la misantropía pero no el racismo. Tampoco soporto el kitschismo, el “México mágico” que le venden a los turistas. En Europa, al leer alguna noticia sobre estas tierras me preguntaba si se referían al país que conozco o a algún otro, quizá ficticio. Por eso ahora me obligo a repensarlo. Con placer vuelvo a hundirme en sus profundas contradicciones.
Dudo, empero, que algún día llegue a comprenderlo…



