Los rincones del infierno

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Héctor Rivera

  • 2009-11-07 | Milenio semanal
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Dios nos agarre confesados. El diablo anda suelto. Contra la afirmación de Juan Pablo II en 1999, cuando redefinió los miedos en la agenda de los católicos, asociados con la idea del cielo, el purgatorio, el infierno y el diablo, y terminó proclamando que Satanás “está vencido porque Jesús nos ha liberado de su temor”, Benedicto XVI se apresuró unos años más tarde a restablecer el amenazante catálogo: “El infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno”, dijo. Sobra decir que el diablo también.

Pero desde hace tiempo es la propia Iglesia católica la que vive con muchos miedos, más que sus feligreses. Los últimos años han sido de profunda crisis, comenzando por la creciente disminución en el número de vocaciones sacerdotales. En tiempos de Juan Pablo II, un Papa itinerante con un dominio pleno del panorama sociopolítico del mundo entero, la crisis pasó largamente inadvertida, atenuada por la eficacia de un discurso religioso conciliatorio, inteligente y convincente. Pero a Benedicto XVI, su sucesor, se le hizo bolas el engrudo. Tanto, que hace un par de años se refirió a Dios como un “proscrito en Europa”, y pidió que le fuera devuelta su importancia en una sociedad de bautizados que se aparta más y más de la religión.

Por supuesto, Ratzinger sabía de lo que hablaba. Pero ahora parece constatar que sus llamados fueron tardíos y que le han hecho falta en su propia agenda acciones más concretas y eficaces para hacer brillar de nuevo las lámparas de la fe. El último golpe lo acaba de recibir al modo de un coscorrón pleno de laicismo, mucho más doloroso cuando le ha sido asestado a partir de un litigio originado en Italia, el país que acoge al Vaticano. Ahí, en las cortes locales, la italiana Soile Lautsi comenzó a luchar desde 2002 contra los crucifijos dispuestos en los salones de clase del colegio público en el que estudiaban sus dos hijos. Como no obtuviera fallo alguno contra esa vieja costumbre italiana, Lautsi llevó su querella al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que finalmente le ha dado la razón hace unos días al considerar esa práctica como contraria al derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo con sus propias creencias y a la libertad de religión de los alumnos. Y no sólo eso. Además, el Tribunal, con sede en Estrasburgo, ha condenado al gobierno italiano a pagar a la quejosa una indemnización de cinco mil euros por el daño moral sufrido. Pero lo peor para la Iglesia católica es que esta sentencia, la primera que emite el tribunal en la materia, hace ya jurisprudencia sobre el asunto para el futuro y se suma a la que obligó el año pasado en España a un colegio público a retirar los crucifijos de las aulas a petición de los padres de los alumnos.

El papel de Ratzinger al frente de la Iglesia no ha sido muy brillante. De hecho, sus posturas y declaraciones políticas son a menudo confusas y contrarias a los intereses tradicionales de la Iglesia, de manera que en sus manos dos mil años de fe católica parecen gravemente amenazados por los tiempos materialistas y racionalistas que vivimos. Por lo pronto, después del golpe que acaba de recibir, el Vaticano ha hecho callar a su oficina de prensa. Sabe que el diablo anda suelto.

Profesor-investigador de la UAM-I