Rebelión en la granja
La hora del lobo
Federico Campbell
Como se han de haber enterado los pocos lectores de periódicos y los millones de inscritos en YouTube, una canción de Los Tigres del Norte, “La granja”, fue censurada el miércoles 28 de octubre por el gobierno mexicano y, por ello mismo, por un sentido elemental del honor, los trovadores cancelaron su presentación en una de las veladas más vulgares de Televisa: Las Lunas del Auditorio 2009. Bien por ellos. Cuando luego les dijeron que no había problema, que podían cantar lo que quisieran, les salió lo sinaloense y ratificaron que la decisión ya estaba tomada, que no había vuelta atrás.
En ese país imaginario que en el corrido se reconoce como “la granja”, el compositor de la letra, Teodoro Bello Jaimes, habla de una perra amarrada que ladra todo el día y de un gavilán que se cayó y que alude de manera muy obvia al avión en el que viajaban el licenciado Mouriño y el también licenciado Vasconcelos, hace un año.
El uso de los animales en la literatura no es marca registrada. Ya lo hizo con enorme repercusión el inglés George Orwell en la memorable sátira política Rebelión en la granja, una denuncia del totalitarismo de la Unión Soviética y de la intolerancia disimulada del Occidente “democrático” en el que a todos nos vigilan y explotan los vivales del comercio y los vividores de la política. Del corrido hay que leer todos los versos para agarrarles la onda:
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Si la perra está amarrada/ Aunque ladre todo el día/ No la deben de soltar/ Mi abuelito me decía/ Que podrían arrepentirse/ Los que no la conocían. Por el zorro lo supimos/ Que llegó a romper los platos/ Y la cuerda de la perra/ La mordió por un buen rato/ Y yo creo que se soltó/ Para armar un gran relajo. Los puerquitos le ayudaron/ Se alimentan de la granja/ Diario quieren más maíz/ Y se pierden las ganancias/ Y el granjero que trabaja/ Ya no les tiene confianza. Se cayó un gavilán/ Los pollitos comentaron/ Que si se cayó solito/ O los vientos lo tumbaron/ Todos mis animalitos/ Por el ruido se espantaron. El conejo está muriendo/ Dentro y fuera de la jaula/ Y a diario hay mucho muerto/ A lo largo de la granja/ Porque ya no hay sembradíos/ Como ayer con tanta alfalfa. En la orilla de la granja/ Un gran cerco les pusieron/ Para que sigan jalando/ Y no se vaya el granjero/ Porque la perra no muerde/ Aunque él no esté de acuerdo. Hoy tenemos día con día/ Mucha inseguridad/ Porque se soltó la perra/ Todo lo vino a regar/ Entre todos los granjeros/ La tenemos que amarrar. |
En realidad Los Tigres no son muy fuertes en sus críticas. Cuando mucho insinúan y en cada ciudad del país se les interpreta según las aventuras narcotraficosas de la región. Cuando Jorge Hank Rhon mandó matar en 1988 (ya prescribió) al periodista Héctor Félix Miranda, también sinaloense (era de Choix), a lo más que llegaron en Tijuana los Tigres fue a un corrido alusivo al hipódromo, el único hipódromo del mundo en el que no hay carreras de caballos y que es del hijo de Carlos Hank González: De una forma traicionera/ le llegó al Gato el final/ y de una vez y de a de veras/ en caballo de carreras/ la muerte corrió a ganar.
Antes, ya con un tigre menos (porque uno desapareció de la banda), los estupendos y muy queridos músicos de Rosa Morada dieron en el clavo de estampar un álbum con el título de Corridos prohibidos. Tienen también “El avión de la muerte”, en el que cuentan la de un muchacho piloto de Chihuahua, de nombre Atilano, que estrelló su avioneta en un cerro de Badiraguato cuando llevaba de pasajeros a dos de los soldados que lo habían torturado.



