Bartra y el diálogo

Otra parte

Rogelio Villarreal

  • 2009-11-07 | Milenio semanal
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Roger Bartra.
Roger Bartra. Foto: Mónica González

La explicación obvia a la estentórea interrupción de una conferencia es la intolerancia de quien se atreve a hacerlo y su voluntad de sabotear el diálogo o, peor, la de acallar al contrario. Tanto peor cuando ahora la circulación de ideas se ha acrecentado con la proliferación de foros electrónicos y virtuales en los cuales prácticamente todos pueden expresarse sin cortapisas. Aunque no siempre fue así. Durante el estalinismo —que aún pervive en Cuba y Norcorea— los disidentes eran señalados como traidores y cómplices del imperialismo o del fascismo —que a su vez hacían lo mismo con sus propios detractores. No había lugar para el debate ni para la reflexión, pero sí para el estigma, el encierro, el destierro o el paredón. Cuando López Obrador se dijo víctima de un fraude sus seguidores acusaron hasta de fascistas a quienes descreían del mito. No había mesa redonda o presentación que no reventaran sorpresivamente si se cuestionaba al gran perdedor de las elecciones.

Eso pasó hace unos días en el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara durante la conferencia de Roger Bartra, “La sombra del futuro”, que tuvo por corolario un infortunado alarido a favor del “presidente legítimo”. Además, antes de terminar su lectura Bartra fue increpado por alguien indignado hasta el infarto cuando el antropólogo recordó la evolución del sandinismo triunfante al autoritarismo y la corrupción. No importó que la exposición del autor de La jaula de la melancolía fuera equidistante de las viejas ideologías partidistas: lo mismo de la arcaica tradición nacionalista del PRI que del populismo y el conservadurismo de las izquierdas perredista y obradorista, así como de la escasa imaginación e inteligencia de la derecha en el poder.

“La derecha”, dijo Bartra, “con frecuencia establece una relación causal entre la erosión de valores éticos y la disolución del carácter nacional, ya que supuestamente la moral católica está profundamente enraizada en una identidad mexicana esencial”. “La izquierda, por el contrario”, leyó el académico, “cree que el país vive una terrible decadencia ocasionada por el grupo en el poder, constituido por un pequeño conjunto de políticos corruptos y de pseudoempresarios que no son más que traficantes de influencias”. “En el PRI”, continuó, “tratan de presentarse en la sociedad como si siempre hubiesen defendido la democracia y, libres de corrupción, hubiesen llegado para salvar a México de los conservadores y los populistas que han sumergido al país en un caos”, sin faltar esa “runfla de partidos parasitarios cuyo oportunismo sólo es superado por su incoherencia y su corrupción”.

Quienes lo increparon acataron con religiosa fidelidad los designios de una izquierda rezagada y virginal que se prohíbe discutir ideas producto de pacientes análisis. “¿Hay una alternativa de izquierda que no sea una derivación populista del viejo nacionalismo revolucionario?”, plantea Bartra y responde a esa pregunta: “Hay algunos destellos esperanzadores de una opción socialista democrática moderna; una izquierda cosmopolita que retoma con fuerza el tema de la igualdad para inscribirlo en un contexto global, no nacional, como una propuesta concreta de limitar políticamente los daños que provocan los flujos mundiales de capital”. ¿De verdad fueron estas ideas las que provocaron tanta irritación, o esos “militantes” iban ya firmemente decididos a hacer el peor de los ridículos?

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