9 against the machine
Pepe el toro es inocente
Jairo Calixto Albarrán
Pocas cosas generan tanta lasciva delectación como la destrucción del mundo tal y como lo conocemos. Ya sea por la infausta concatenación de ojivas nucleares, el advenimiento de bestias extraterrestres provistas de insanos apetitos, el nacimiento de monstruosos bebés de una Rose Mary godzillesca o la aparición de meteoritos asesinos que se desparraman sobre la tierra con punzocortante exactitud. Así, estamos familiarizados con los paisajes postapocalípticos y ciberpunks de un planeta devastado por las pasiones autodestructivas de los hombres, que pueden tomar la forma de imperios retrógrados erigidos por simios y gorilas, o manadas de Mad Maxes que pastan entre gajos extraviados de civilización, o visiones de la barbarie ambiciosa y sin planes que devora todo a su paso.
El Armagedón no tiene secretos para nosotros: lo hemos documentado, lo hemos imaginado, lo hemos recreado y, secretamente, al diseñarlo con tanta obsesiva precisión, cualquiera diría que lo invocamos. Pero el espectáculo del fin del mundo ya no es lo que era, y ha comenzado a parecernos aburrido y sin gracia. A fuerza de repetirlo en todos los formatos posibles se nos ha vuelto predecible y, de no ser por los mastodónticos ejercicios hollywoodenses del tipo 2012 donde por enésima vez asistiremos a la hecatombe definitiva en 3D, ya nada nos asombraría.
Por eso, la llegada a cartelera de un filme discreto, ajeno a los desplantes mediáticos como 9, generado por la factoría de Tim Burton y dirigido por el maestro Shane Acker, nos devuelve la fe en el fin de los tiempos. Un filme de fina y conmovedora animación, que renuncia a la tentación de la muchedumbre y se concentra en la poesía; que soslaya los innecesarios manierismos tecnológicos sin darle la espalda al vértigo narrativo; que construye una historia seductora y profunda, sin sacrificar ni el ímpetu ni el asombro cinematográfico.
En medio del caos y los escombros, nueve muñecos extraños que parecen salidos de una fantasía de David Lynch y que semejan un delirio antijackskeleton de Burton, portan la esperanza. Cada uno tiene una porción del alma de su creador, un científico cuya obra puesta al servicio de un gobierno totalitario desató el colapso definitivo. Uno es un control freak obsesionado con sobrevivir sin luchar; dos, un inventor aguerrido con un cuerpo cansado; tres y cuatro, gemelos eruditos; cinco, un ingeniero estresado y creativo; seis, un artista sensible que reinterpreta signos; siete, la inagotable chica toda gimnasia y defensa personal; ocho, el guerrero musculoso y escaso de cerebro y nueve, el pivote apasionado encargado de reconectarlos todos para cumplir una misión fundamental: el científico los había creado para heredarles la ruda tarea de desmantelar a la Máquina, a la machine, que podría transformarse en la matrix todo poderosa, capaz de construir un paraíso robótico, un amasijo hecho de fierro, piedras y tendones.
Son el último reducto de humanidad y aunque juntos difícilmente armarían un hombre entero, en la lucha contra la máquina eran mucho más que dos. Pero al contrario de los Rage against the machine y toda la tribu de Neos que fungieron a manera de antecesores, estas nueve criaturas carecían de resentimiento social contra la máquina porque no eran más humanos que lo humano.
Visualmente impecable y evocadora, 9 demuestra que hasta entre Apocalipsis hay clases.



