Cien años de Francis Bacon. Sangre en el piso...

Francis Bacon ofrece en su obra una visión desgarradora del mundo, y en el centenario de su nacimiento se mantiene como un referente artístico sobre el horror, la vejación y el sufrimiento.

  • 2009-11-08 | Milenio semanal
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Foto: John Minihan

And humility can only be born of humiliation;
otherwise it is nothing but vanity.
—Querelle, cinta de Fassbinder sobre Genet

La infancia de Bacon fue una mezcla de humillación, dolor, miedo, violaciones y deseo erótico. Una infancia similar a la de miles de niños. Lo que es material de diván para toda la vida, para Bacon fue material que alimentó su obra, convirtiéndola en un lenguaje asumido con el que pudo describir su existencia de forma más que explicita. “My whole life goes into my work” (“Mi vida entera está en mi trabajo”), decía en las escasas explicaciones que daba de su obra. En la gran Retrospectiva que organizó la Tate de Londres y que ya viajó al Del Prado de Madrid y al Metropolitan Museum de Nueva York, vemos las mismas reacciones que provocó Bacon desde el inicio de su carrera: adoración y repulsión. Allí está la magnífica Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión 1944, sus paneles enormes, anaranjados, con sus falos dentados, feroces, el central con los ojos vendados, la cabeza ciega que muestra sus colmillos. La figura del panel derecho abre las fauces con un apetito insaciable.

Bacon nació en Irlanda en medio de conflictos bélicos y religiosos donde su familia inglesa no era bienvenida, pero eso no era lo más doloroso o grave de su situación; su padre, enfermo de crueldad, representaba para Bacon el sexo masculino, el poder, la violencia que vemos en estos falos despiadados. El sexo sin gratificación, con dolor. Y esa crueldad se trasformó en el masoquismo que Bacon explotó como uno de sus vicios más penetrantes. Con una madre muy inglesa, y por la tanto fría y desinteresada de la suerte de sus hijos, Bacon estaba solo ante la furia del padre que odiaba tener un hijo visiblemente homosexual. En una fiesta familiar Francis se disfrazó de niña. Su padre decidió educarlo y lo dejó a cargo de sus criadores de caballos, de los mozos de cuadra, de los empleados del establo. Lo violaban, golpeaban y, al contrario de las intenciones paternas, le abrieron a Bacon las posibilidades del placer, le mostraron el camino oscuro de gozar con lo prohibido. Bacon tomó entonces su primera gran decisión: no vivir una doble vida. Él era homosexual y no lo iba a disfrazar con una familia respetable y rica como la de su padre o como las mujeres golpeadas de los caballerangos. Este valor le dio a Bacon cinismo y alegría, lo hizo generoso con sus amigos, exquisito en sus gustos elegantes y lo impulsó a seguir tomando decisiones.

Decidió ser pintor después de ver a Picasso en París en 1927, en la Galería Paul Rosenberg, y lo realizó tomando apenas unas clases de pintura con su amante Roy de Maistre. Pintó, rompió cuadros, pintó y rompió más, hasta que quedaron los que hoy vemos, los que tanto se han venerado y odiado en el mundo. Los Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión 1944, están situados en planos etéreos, en medio de ningún lado, con las líneas que él usaba para crear dimensión espacial y que llamó space frames, la zona psicológica de sus obras. Estas figuras-falos son la base de la crucifixión, son la base del sufrimiento; la del panel derecho espera acechante, mira las otras que exigen su víctima y ella, como un buitre, comerá los despojos de sus compañeras. El fondo anaranjado está manchado, borrado, para imponernos con más violencia las figuras-falos. Bacon decía que su naturaleza era tímida y luchó con gran éxito para cambiarla, porque si algo está lejos de la timidez es saber describir a nuestros demonios y, en un giro de placer, venganza y masoquismo, hacerlos nuestros amantes. Bacon repitió el patrón toda su vida. Sus amantes serían seres furiosos, violentos, su padre mil veces, su cama sería siempre ese establo. La crucifixión es un castigo. El crucificado desciende para ser sodomizado por su verdugo.

Tríptico inspirado en el poema de T.S. Eliot Sweeny Agonistes
“PINTO PARA EXCITARME”: BACON
“TRAE LA MANTEQUILLA”: EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS

El Tríptico inspirado en el poema de T.S. Eliot Sweeny Agonistes es una de sus obras con más público; hay que empujar para verla. Algunos dicen que es horrible. Roberta Smith, del New York Times, se quejó de que era sólo violencia y pintura gay y odió la curaduría, sobria, como lo exigía Bacon en todas sus exposiciones, las cédulas apenas con el título de cada obra.

Bacon siempre se disgustó cuando alguien trataba de explicar su obra. Decía que el público debía sentir sus pinturas y quedarse con sus formas, que él era a maker of images; estamos en una época de puritanismo medieval y estas pinturas rompen con este ambiente represivo y asexual. Tríptico inspirado en el poema de T.S. Eliot Sweeny Agonistes es una de las obras más interesantes por la resolución de la composición, el desarrollo de tres historias y el color. En el primer panel vemos unos cuerpos unidos hasta la deformación; no son uno solo, son despojos de dos hombres, están en el centro de una cama-jaula y tienen enfrente un espejo. Bacon, que amaba a los cuerpos bellos, se obsesionaba con imágenes de seres deformes, tenía cientos de fotos regadas en el piso de su estudio, fotos de Muybridge y de libros de medicina, le encantaba esa transformación inhumana que podemos alcanzar en el placer, la enfermedad y la furia.

En este primer panel los cuerpos están convertidos en una amalgama de carne, hay pastillas y cigarros a un lado de la cama, el espejo refleja con desolación una mesa en una esquina y parte de la cama, que está sobre un círculo rojo sangre. Si hay placer también hay dolor. Cuando Bacon pintó esta obra estaba enamorado de George Dyer, un ladrón del East End que conoció en sus excursiones nocturnas por los bares de Londres. Era un tipo ignorante que le costó mucho asimilar que vivía con un artista que cada día era más famoso. La obra es una premonición del final de esta relación. La videncia, según los místicos, es un don divino que surge con la observación, se puede entrar con tanta profundidad en el alma humana que ésta se revela y denuncia su futuro. La relación de Dyer y Bacon era alcohol y sexo. Pero mientras Bacon pintaba, Dyer hacia nada, estaba con un hombre rico y no tenía que robar, ya no iba a la cárcel, así que sólo bebía y tomaba pastillas.

Foto: Archivo

El panel central del Tríptico… es una habitación con una puerta abierta a la noche, un paisaje desolado y frío. Sus restos o el cadáver putrefacto de esa relación son un montón de ropa ensangrentada, está sobre una maleta abierta-mesa-coche, la sangre deja testimonio de lo que esa vida fue, sobre el suelo púrpura caen objetos y ropa que sin dueño no valen nada. El púrpura, el violeta de la noche y el verde de la cama y la mesa arrojan al primer plano la sangre y los restos. El centro de esa pintura lo tiene la orgánica descripción de nuestras pasiones, son nuestros fluidos los que dejan huellas. En el panel final regresamos a la habitación del espejo, y el cuerpo que antes tenía un compañero incrustado ahora está solo y gime desesperado, se retuerce con la boca abierta, sin control de su musculatura, la cama evidencia su vacío porque ya no están ni los cigarros, alguien se ha ido durante el sueño, como un ladrón, desapareciendo furtivo por esa puerta. Desde el espejo una presencia profesional y analítica observa al sufriente. Esta pintura fue realizada en 1967, en el estudio desordenado y pequeño de Bacon.

En 1971, en la exposición del Grand Palais de París, antes de la inauguración, George Dyer se suicidaría en el baño del hotel con una mezcla de alcohol y pastillas. Al principio creyeron que se había golpeado con el lavabo al caer. Luego descubrieron que fue la sobredosis. “Life is death, death is life” (“La vida es muerte, la muerte es vida”) dice el poema de T.S. Eliot. Durante la inauguración le avisaron a Bacon mientras miraba con el presidente Georges Pompidou una de sus obras. Se acercó el gerente del hotel y le dijo: “Tengo que comunicarle que su amigo se ha suicidado”. Murió como en otro de los trípticos de Bacon, sentado sobre el excusado. Bacon siguió con la inauguración, la fiesta no se detuvo. Después diría, como Oscar Wilde, “Each man kills the thing he loves” (“Cada hombre mata las cosas que ama”)..

Foto: Greenwich Gallery

—YO TAMBIÉN SERÉ TU VACA
—TE ORDEÑARÉ DOS VECES AL DÍA.
¿QUÉ TAL?
EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS

Durante la exposición del Grand Palais, Bernardo Bertolucci estaba filmando El Último tango en Paris. Quedó muy impresionado con las pinturas de Bacon, regresó a la exposición con Marlon Brando y le mostró los cuerpos masculinos, las habitaciones desoladas, las bombillas peladas. Dos figuras 1953, Retrato de George Dyer hablando 1966, Tríptico, Estudio del cuerpo humano 1970. Hombres corpulentos que Bacon creaba inspirado en sus amantes y en los cuerpos de Miguel Ángel, en los esclavos que censuraría el Vaticano por verse en exceso sometidos a su cuerpo. Le repetía a Brando que debía ser un hombre así, animal, voraz, sin entendimiento racional, sólo cuerpo.

Paul-Marlon es George Dyer o Peter Lacy, los hombres que le daban placer y problemas a Bacon, pero es también los hombres que ligaba en los bares y que lo molían a golpes y lo dejaban tirado en la calle. El dolor del amor violento del Último tango… describe las relaciones de Bacon, de las que siempre fue el único sobreviviente. Esa capacidad de salir de todos los excesos con vida acompañó a Bacon muchos años.

En el MET hay una sala con una reproducción de su estudio. En las fotografías que pintaba —casi nunca pintó del natural— y en una gran foto de su estudio vemos los libros de arte, rotos y tirados, las pinturas y los pinceles amontonados. Están las fotos arrancadas de libros de medicina que describen enfermedades bucales y las fotos de nazis vociferantes, esas bocas abiertas que dejan escapar bestias, presencias que se repiten en muchos de sus cuadros. En las vitrinas están las imágenes del retrato del Papa Inocencio X de Velázquez, el Papa cruel y odiado que murió solo sin que su amante y su hija se atrevieran a tocar otra vez su cuerpo. En estas pinturas une dos obsesiones: Velázquez y las bocas abiertas. El Papa grita desde una penumbra que lo hace espectral, la boca abierta hasta la dislocación, llena de dientes rodeando un agujero negro que aúlla odio y soledad y que vive en su eternidad sin carne y sin poder. Estas pinturas las hizo a lo largo de su vida, y son las que sobrevivieron a uno de los tantos ataques de furia de Peter Lacy, que arrasaba con los cuadros de Bacon y los despedazaba. Estas catarsis excitaban mucho a Bacon. Hasta que se aburrió. Cuando Bacon dejó de amar a Lacy, este también se buscó la muerte. “Toda la gente que he amado muere de forma trágica, ese es mi destino”, decía, borracho. El Estudio a partir del Retrato del Papa Inocencia X de Velázquez 1953 está dentro de una de sus space frames dorada, es un baldaquín que lo sostiene, el Papa no tiene piernas, se sujeta con sus manos como garras a la silla, el púrpura de su manto enmarca la cara que se desvanece en la penumbra, la piel cadavérica, blanca, trasluce la oscuridad, rayos dorados caen por todo el cuadro creando una jaula más que un baño de luz. Al ver esa crueldad muerta sólo puedo pensar en el padre de Bacon, en el hombre que lo maltrataba, que gritaba pateando las paredes, que amaba la cacería y las armas y que despertaba esa dualidad de fascinación sexual y miedo. Éste es al que teme, el otro es al que deseó y que lo rechazó, entregándolo a los sirvientes, diciéndole no estás a mi altura. ¿Un Santo Padre así merece una pintura cómo ésta? No, la pintura es excelente, la historia es sólo eso, parte de una biografía escandalosa, como la de todos si dijéramos la verdad.

La exposición es exhaustiva, los trozos de carne que recuerdan al buey desollado de Rembrandt están colgados con sus escuetas cédulas Pintura 1946 y Segunda versión de Pintura 1946. En los años ochenta retoma la tragedia griega como inspiración en Edipo y la esfinge después de Ingres y El Tríptico inspirado en la Orestíada de Aquiles 1981. La muerte de George Dyer mató a los celos y las furias, aquí vemos los cadáveres de la vida de Bacon. Ya al final de su vida Bacon estaba agotado por el alcohol y sus amantes eran más pacíficos; John Edwards fue un acompañante infiel pero tranquilo y eso se refleja en sus obras, que son más serenas: vemos a Edwards sentado con las piernas cruzadas, relajado, y los autorretratos de Bacon. Después de que le extirparan un riñón con cáncer, la vida de Bacon dejó el placer violento, su último viaje buscando a un joven español le costó la vida. En alguna ocasión dijo que lo peor que podría sucederle a cualquiera era morir rodeado de monjas, y así murió, en un hospital católico de Madrid, con monjas a su lado. “I give the name violence to a boldness lying idle and enamored of danger”, (“Doy el nombre violencia a una audacia mintiendo ociosa y enamorada del peligro”): Jean Genet.

Avelina Lésper