Un mundo raro
Síndrome de Cotard
Quienes padecen la enfermedad sienten que están muertos y que su cuerpo se pudre; en contraste, el sistema penal mexicano “se niega a morir” a pesar de estar podrido.
El estatuto de la cordura está en desuso. La locura nos rodea —siempre nos ha rodeado— como la verdadera cotidianidad del ser humano. El intento de normar conductas, y sospechar de aquellos que no las cumplen, ya es inútil. Se ignora la Ley con mayúscula para dar paso a una normatividad que poco tiene que ver con lo verdaderamente sustancial de lo ético. Los manuales de psiquiatría y los libros de psicología crecen en un intento de aparentar que entienden, controlan y saben todo sobre el comportamiento absurdo de los seres humanos. Insisten en pensar que la locura es aquello obsceno que se oculta detrás de las paredes de un psiquiátrico. Basta mirarnos un poco para darnos cuenta que la locura nos constituye día a día y que los muertos caminan entre nosotros. Existe la locura de lo cotidiano y la locura de los manuales que se clasifica, estudia y medica, pero ambas son constitutivas del hombre. Una de esas locuras de los manuales llamó especialmente mi atención: el Síndrome de Cotard. Quienes lo padecen aseguran que han muerto y continúan en este mundo como una especie de zombis. Otro síntoma es pensar que una parte de ellos se está descomponiendo y ha entrado en putrefacción. Inevitable pensar en muchas analogías.
EL SÍNDROME COTARD
El síndrome de Cotard es un desorden raro y curioso. Se conocen pocos casos alrededor del mundo. Quienes lo sufren están seguros de que murieron, que su cuerpo ha entrado en estado de putrefacción, que sus órganos internos apestan porque ya están podridos; incluso han existido pacientes que aseguran sentir cómo los gusanos los devoran. La enfermedad lleva el nombre de quien la descubrió, Jules Cotard, aunque él la llamó en un principio “delirio de negación”. Cotard fue un neurólogo francés que presentó en 1880, durante un encuentro de la Sociedad Médica-Psicológica de París, el caso de Mademoiselle X: una mujer de 43 años que aseguraba no tener cerebro, nervios, tórax y que su cuerpo se sostenía sólo de piel y huesos. También afirmó que viviría por siempre. El síndrome de Cotard está asociado con otras patologías como depresión, psicosis, melancolía, hipocondría y esquizofrenia, pero deben confluir varias aristas para considerársele un verdadero Cotard. La rara enfermedad fue estudiada por los médicos G.E. Berrios y R. Luque en 200 artículos científicos publicados entre 1880 hasta 1995. Sólo hallaron 100 casos completos. Uno de estos casos documenta la historia de una mujer tan convencida de su muerte que insistió en vestir un sudario y se acostó en un ataúd, no sin antes pedir a su familia que la enterrara. Por fortuna sus familiares se negaron. La mujer murió semanas después de permanecer en el ataúd sin moverse.
En otros casos se reportaron pacientes que estaban tan seguros de que sus órganos habían entrado en descomposición que pidieron que se les removieran mediante una cirugía. Uno de los casos modernos del síndrome de Cotard es de 1990. Los investigadores A.W. Young y K.M. Leafhead hacen referencia a éste en el libro Method in Madness: Case studies in Cognitive Neuropsychiatry. El paciente creía haber muerto aunque fue dado de alta de un accidente en motocicleta. Después de recuperarse su madre lo llevó con ella a Sudáfrica, lo que significó la corroboración de su muerte. De acuerdo a su delirio psicótico había llegado al infierno y esa era la verdadera razón del calor insoportable de Sudáfrica. Su madre no era su madre sino una especie de Virgilio que había robado su forma para mostrarle el infierno. El síndrome de Cotard, por extraño que parezca, nos puede presentar a una persona en su “sano” juicio que exige que le amputen una pierna porque se está pudriendo. Es en definitiva un síndrome raro, aunque algunos rasgos se reflejen de manera menos espectacular en la cotidianidad humana.
SINÉCDOQUE, NUEVA YORK
No es ninguna coincidencia que el personaje principal de la nueva película de Charlie Kaufman, Synecdoche, New York, se llame Caden Cotard. El personaje es un director de teatro hipocondríaco que vive pensando que está en la antesala de la muerte, antesala en la que todos estamos, pero él no puede vivir sólo de pensar que puede morir. Conforme se desarrolla la historia Kaufman entra en otro dilema que evidentemente su personaje no puede resolver, ni él tampoco: ¿cómo hacer una representación de la vida? Caden Cotard observa su existencia como un espectador, sin vivirla, mientras intenta montar una obra de teatro que pueda aprehenderla. Finalmente construye una especie de Nueva York como escenario teatral al cual siempre se le van añadiendo escenografías, personajes y situaciones porque la vida no se detiene: es imposible llegar al término de la puesta. Caden Cotard no renuncia en el empeño a pesar de saber que es inaprensible y Kaufman, por su lado, queda atrapado en su propia imposibilidad de transmitir esa imposibilidad. Sólo hay representación y por eso el lenguaje a veces parece insuficiente; por cierto, una de las diez posibles razones para el pensamiento triste según George Steiner.
La puesta en escena de Cotard se convierte en un rizoma. Como sabe que no puede interpretarse a sí mismo contrata a un extraño personaje —que lo sigue desde el inicio de la película— para que lo interprete, sin embargo, al incluir ese personaje que lo interpreta como personaje de la obra necesita alguien más que lo interprete, y así hasta la locura. La historia de Cotard y la obra de teatro se entrelazan sin tener claro cuál es la realidad y cuál la ficción teatral. Es así que, cuando el hombre que representa a Caden Cotard se suicida, ese acto debe ser incluido en la puesta en escena, volviendo confuso cuál es la realidad y cuál es la representación.
La firma del guionista es suficiente garante para romper la monotonía de las insufribles carteleras de cine. Kaufman se ha distinguido por ser el guionista más interesante y original de la filmografía americana. Sus películas ¿Quieres ser John Malcovich?, Ladrón de orquídeas y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos revelaron un guionista que tenía otras formas extravagantes e inesperadas de contarnos los que nos han contado tanto: la complejidad y el absurdo del ser humano.
Caden Cotard jamás logra salir del intento infructuoso de su representación. Queda atrapado en el simulacro imposible de la vida, de su vida, de Nueva York, su Nueva York, de la tragedia humana, de su propia tragedia. Deambula por los escenarios como alma en pena. Vaga al igual que un cadáver ambulante sobre sus propias ruinas, de la misma forma que lo hizo aquel joven en Sudáfrica, seguro de haber llegado al final de sus días.
EL SISTEMA PENAL MEXICANO
Así como existe este extraño síndrome que hace creer a los vivos que están muertos, o que parte de ellos ha entrado en estado de putrefacción, hay sistemas que se niegan a morir a pesar de estar visiblemente podridos o muertos desde la raíz. Es el caso del sistema político, legal y económico que nos gobierna. Algo se pudre en México desde hace muchos años. La planeación económica sólo causa más pobreza y desempleo. El sistema electoral es cómplice de fraudes y de que nos gobiernen analfabetas funcionales, corruptos, tramposos y cínicos. El régimen tributario produce más evasión para quienes nunca pagan y mayor recaudación para los que siempre lo hacen. Y el sistema judicial es responsable de que aproximadamente 90 por ciento de la condena penal en México dependa de situaciones políticas y procedimientos que favorecen la acusación.
El sistema de impartición de justicia mexicano es corrupto, insensible, ignorante, sordo y ciego y, por si fuera poco, con pretensiones de impoluto e intocable. Y eso es lo que tratan de señalar los abogados, ahora también documentalistas, Roberto Hernández (dirección y producción) y Layda Negrete (investigación y documentación). Ambos realizaron hace un par de años El túnel, cortometraje llamado así por el túnel que comunica a los internos del Reclusorio Norte con el área de juzgados penales. En el transcurso del corto los abogados nos adentran a un mundo en el cual se pierde toda esperanza a pesar de ser inocente, en que las pruebas y los testigos de descargo son ignorados con vileza y en el que número de condenas tiene que ver con una meta por cumplir. Un agujero legal en donde hombres y mujeres inocentes, o culpables de haber robado 200 pesos o una pintura de uñas, cumplen condenas antes de ser juzgados. Ese es el caso de uno de los protagonistas del documental: un joven que tuvo la mala suerte de caminar cerca de donde sucedió un robo y, aunque parezca increíble, a pesar de que la víctima indicó varias veces que ese no era el sujeto que lo había asaltado, el joven tuvo que purgar un tiempo largo hasta que Hernández y Negrete intervinieron y documentaron su proceso para sacarlo de la cárcel. Algo huele a podrido y no precisamente en Dinamarca.
Roberto Hernández y Layda Negrete están preo-cupados por las numerosas injusticias que existen dentro de los penales, pero también empeñados en promover una reforma en el sistema judicial mexicano, por eso repitieron la hazaña. Antes de salir a Berkeley para realizar un doctorado en políticas públicas, recibieron la llamada de un joven condenado por homicidio en primer grado. Entonces decidieron estudiar el caso y repetir el ejercicio que realizaron en el cortometraje en un documental de 90 minutos titulado El externante: presunto responsable. Roberto Hernández comentó en UCB Berkeley News: “En México no hay recurso constitucional, ni apelación, o recurso básico, para la mayoría de las violaciones del proceso. En el insólito caso de que el juicio sea anulado se obtiene un nuevo juicio con el mismo juez, que podría ya tenerte previamente sentenciado. Se podría decir que El externante: presunto Responsable es una historia acerca de nuestra lucha contra estas probabilidades”.
Hernández y Negrete se enfrentaron a la podredumbre del sistema penal mexicano cuando realizaban investigaciones en sus respectivos trabajos. Una muestra aleatoria arrojó cifras que reflejaban que de mil 500 acusados 80 por ciento jamás había visto un juez y 60 por ciento no había podido escuchar o entender la totalidad o mayor parte de su juicio. Sin embargo, los datos dejaron impasibles a la gente en el poder y con la capacidad de promover reformas. La decisión para la pareja fue casi orgánica. “Vendimos nuestro coche, compramos una cámara y decidimos hacer una película”, dijo Negrete a UCB Berkeley News. Los abogados comenzaron a visitar cárceles mexicanas recolectando anécdotas que respaldaran sus estadísticas.
La historia de El externante: presunto responsable la descubriremos cuando el documental sea exhibido —por cierto, se presentará en el Festival de Morelia. Sólo nos queda pensar cuántas cámaras, cuántos documentales, o cuántos Negretes o Hernández se necesitan para que por fin el sistema penal mexicano se dé cuenta de que no es más que un animal podrido el cual, a diferencia de quienes padecen el síndrome de Cotard, se niega a morir.



