“Esas cosas en los pueblos son normales…”

Las desgracias se aceptan, como se acepta que haya o no haya nubes: sepa Dios si va a llover, dice una señora a quien se le cayeron todos sus dientes por decir mentiras.

  • 2009-04-12 | Milenio semanal
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Foto: cuartoscuro.com

La vida es una canción de amor ranchero. Suena a todo volumen en un pequeño radio manchado de cemento que sólo sintoniza AM. El teléfono apenas sirve para ver la hora, pero si uno está atento al tema de las campanas, tampoco es que haga mucha falta: esa letanía ambiental señala a los que se quedan de más en la cama o se tocan las partes a deshoras (“Niño, si te tocas ahí se te caerán los dientes y te quedarás ciego”). Y es cierto que se quedan ciegos, pero por el aguardiente de caña que muchos lugareños beben como si fuera agua de sabor que minimiza el cansancio y magnifica lo precario de los jornales.

Además de una canción de amor ranchero, la vida también es una tétrica celebración del santoral. Todos los días le dedicamos aunque sea una oración a un mártir que por una razón u otra ha sufrido mucho más que nosotros, como si nuestro cometido en esta tierra fuera sufrir más que ningún otro. Las desgracias se aceptan, como se acepta que haya o no haya nubes: sepa Dios si va a llover, dice una señora a quien se le cayeron todos sus dientes por decir mentiras.

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Un total de 141 escalones separan al mundo terreno del paraíso del tío Pascual, Ángel flamígero y campeón de ciclismo del estado de Veracruz en 1969. Una barranca que hasta hace poco fue basurero clandestino (todos lo son, la basura se esconde con la misma vergüenza que las malas dentaduras al sonreír) en las faldas del Cofre de Perote en Veracruz, y cuya columna vertebral y saltarina es un río que trae agua tan fría que te tira los dientes o, como una vez me dijo una amiga, te quita hasta el Sida.

Los chimuelos son comunes en Cofre de Perote, Veracruz.
Los chimuelos son comunes en Cofre de Perote, Veracruz. Foto: Laura Silleras

En el río habitan duendes invisibles que los del pueblo dicen que espantan. Las piedras del río han dejado a varios hombres sin dentadura cuando se van de bruces contra ellas, contrastando abruptamente dos realidades moleculares tan distintas. Esas piedras no oyen pero te pueden dejar mudo, sin sonrisa o con una sonrisa a medias. Ni modo.

A otros, como a don Mónico, sesentón homosexual de clóset a quien le gustan los niños tanto como la carne roja (y eso que tiene gota), los dientes se los tiró la patada de una vaca cuando era jovencito. De esas cosas que cuentan en los pueblos y que son difíciles de creer hasta que te encuentras a uno a quien le ha pasado: “Niño, no te pongas atrás del burro que te va a dar una coz”. Qué chingaos haría detrás de una vaca don Mónico, cuando no era don y era Moniquito a secas. ¿Qué estaría hurgando para que uno de esos pacíficos animales, símbolos de la paz nutritiva, lo pateara? Dientes van y dientes ya no vienen. Esa coz culera lo dejó traumado y ya nunca se casó, además de que siempre le dieron miedo las mujeres. Pensó que todas eran como su mamá, con quien todavía vive junto a una multitud de hermanas y hermanos, sobrinas y sobrinos, y perros chicos que ladran mucho en una horrorosa promiscuidad física y emocional. Ahora, de viejo, don Mónico les ofrece dinero a sus sobrinos cuando se emborrachan con aguardiente —asunto harto frecuente en el paraíso del tío Pascual– para que mantengan relaciones sexuales con él. Algunos de ellos acceden. Los tratos se hacen en las comidas familiares, en el río, frente a la abuela quien musita bendiciones por doquier. El Ángel flamígero, en su peculiar rito de autoinmolación, arde en cuerpo y espíritu en aguardiente de caña. Muy metido en su papel canta antiguas hazañas con una jarana que sólo tiene tres cuerdas mientras le ponen precio al culo de uno de sus hijos, el que está en edad de merecer.

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No hay que espantarse. Esas cosas en los pueblos son normales. Los pequeños pecados se esconden como la basura y las malas dentaduras. Esas debilidades incestuosas de la carne en nada contradicen la devoción a la Virgen y, en realidad, son cosas que hacen medio sonreír. Aunque las risas se musiten, porque es imposible masticar la risa cuando se tiene sólo un diente y el aire helado del Cofre de Perote enfría las encías cortándolas con un cuchillo...

¡Salud!, que belleza sobra.

Foto: Laura Silleras

fundacionadopteaunescritor@blogspot.com
Paraíso del Tío Pascual, México. Marzo 2009

Rubén Bonet