¿Hacia dónde va Cuba?
Para sobrevivir Cuba debe transformar su estructura económica y replantear su organización política. Sin ello, ni el levantamiento del bloqueo estadunidense ni su reingreso a la OEA servirán de mucho.
Antes de viajar a la Cumbre de las Américas el presidente Obama anunció que levantaba las restricciones para que los cubanoestadunidenses pudieran visitar a sus familiares en la isla y enviarles remesas. La decisión se tomó para mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo y, de manera particular, en América Latina y el Caribe, pero más allá de eso, pretende ser el inicio de un cambio en los términos de la viciada relación: en su intervención en la Cumbre, Obama sostuvo que su gobierno estaba preparado para dialogar con el cubano en temas que van “de los derechos humanos a la libertad de expresión, las reformas democráticas, las drogas y los asuntos económicos”, y ese mismo día la señora Clinton reconoció que la política de Estados Unidos hacia Cuba había fracasado.
Se sabe que entre La Habana y Washington ha habido contactos privados estas últimas semanas. Hay ánimo negociador tanto por parte de Raúl Castro como de Obama; el fin del bloqueo y el reingreso de Cuba a la OEA no serán inmediatos, pero sucederán.
Esto obedece a la decisión del grupo que encabeza Raúl de insertar a Cuba en la comunidad latinoamericana y mundial y, como extensión de lo mismo, de hacer cambios a su modelo económico y social hoy en bancarrota. Al desastroso estado de la economía cubana en estos últimos 20 años se añaden dos elementos que han acelerado las decisiones: el impacto devastador sobre la economía de los huracanes del año pasado y la actual crisis mundial. La estrategia para hacer frente a la situación explica los movimientos políticos en la isla y los que habrán de seguir.
Los Hermanos Castro
Pero Fidel es otro asunto. De las reacciones encontradas entre Raúl y Fidel ante el ofrecimiento de Obama quedan dos posibles explicaciones: una sería la existencia de un acuerdo entre Fidel y Raúl para asumir posturas distintas —la flexible y abierta a cargo de Raúl y la dura, para mantener “fiel” a la población, a cargo de Fidel. La dualidad se requeriría para avanzar en la distensión: preparar a la población para que asuma como triunfo y no derrota un posible acuerdo con Estados Unidos sería tarea de Fidel, mientras Raúl arma la negociación.
Otra sería la existencia de contradicciones reales entre los hermanos Castro. Hay actitudes de Fidel que pueden interpretarse como sabotaje, como las declaraciones desconociendo lo dicho por su hermano. Si éste fuera el caso, la situación de Cuba seguirá
deteriorándose y entraría en una fase de descomposición impredecible.
Los cambios
La destitución de 12 cuadros de alto nivel, entre ellos Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, tiene como propósito hacer realidad las reformas económicas y administrativas prometidas por Raúl, reducir la creciente dependencia de Venezuela, asegurar la transición del poder y avanzar en sus nuevos lazos con la comunidad internacional, que implican un acercamiento con Estados Unidos. Lage y Pérez Roque tenían una gran cercanía con el presidente Chávez y compartían con él sus ideas sobre América Latina y el futuro de la isla. En alguna ocasión Lage mencionó en público que Cuba “era más democrática porque poseía dos presidentes” —siendo Chávez uno—, y que la isla podría “renunciar a su soberanía” en unión con Venezuela. Todo esto provocó que se les alejara del gobierno con los métodos estalinistas de siempre. Lo novedoso fue que esta vez no hubo los fusilamientos de finales de los ochenta —el general Arnaldo Ochoa y los hermanos De La Guardia— ni los juicios políticos de los noventa —Carlos Aldana y Roberto Robaina.
El primero en anotar que la destitución de estos funcionarios provenía de su relación con Chávez fue Jorge Castañeda. Frente al nuevo papel de Raúl y con el aparente aval de Fidel, les tocaba obedecer y no acordar con Chávez asuntos por su cuenta. Por eso Fidel los acusó de “ambiciosos”, de conducta “indigna” y de estar en contacto con el “enemigo”: un mensaje a Chávez de que no se metiera en el proceso cubano, de que sus 105 mil barriles de petróleo diarios no le daban autoridad para intervenir en Cuba.
El nuevo modelo y la sucesión
Lo que está por verse es hasta dónde quiere o puede llegar Raúl. Los especialistas aventuran dos posibilidades: unos sostienen que no irá más allá de imponer a las empresas la disciplina y eficacia propia del Ejército, y otros que se adoptará el modelo chino: abrir la economía manteniendo el control político. En lo que todos coinciden es que el gobierno está obligado a hacer cambios para sobrevivir.
A partir de que Raúl tomó el mando de manera definitiva el 24 de febrero de 2008, se ha hecho evidente que busca reducir la dependencia que Cuba tiene con Venezuela, a la que sabe en crisis, intensificando por lo mismo los lazos con Rusia, China, Argelia, Angola y los países de América Latina. A causa de la crisis mundial estos esfuerzos han resultado insuficientes, obligando a acelerar el proceso de acercamiento con Washington: la realidad, más allá de los discursos, es que a pesar del bloqueo el gobierno cubano depende cada vez más de Estados Unidos para la compra de alimentos: Estados Unidos es ya el cuarto socio económico de Cuba, a la que de 2001 a 2008 le vendió dos mil 500 millones de dólares en alimentos básicos. El comercio total entre los dos países del 2007 al 2008 creció 59 por ciento, alcanzando los 710 millones de dólares.
Los cambios en el gobierno favorecen a Raúl y lo colocan en una mejor situación ante el próximo congreso del Partido Comunista (PCC), aunque se enfrenta al creciente descontento de los cubanos y al relajamiento del apoyo que se da al régimen: la gente está decepcionada de las promesas de cambio no cumplidas y es cada vez más refractaria al discurso oficial, exigiendo mejoras tangibles en sus condiciones de vida. La destitución de Lage y Pérez Roque es un triunfo de los reformistas, pero nada tiene que ver con la democratización o el mejoramiento de la sociedad cubana. Han logrado deshacerse de quienes se resistían a los cambios, pero sigue estando en juego la viabilidad del país: el gran problema de Cuba es que su economía no podrá salir de su letargo histórico si no logra cambios estructurales que necesariamente pasan por reformar el régimen de la propiedad —desde hace años la mitad de sus tierras cultivables están sin trabajar— y se replantea su inserción al mercado. No hay otra posibilidad.
Al problema del modelo económico se añade el de la sucesión. Por su edad, a Fidel y a Raúl les quedan pocos años de vida. La “purga” de los 12 funcionarios destituidos se inscribe también en la lucha intestina por el poder futuro: en los 19 meses como presidente interino y los 12 que tiene de presidente pleno Raúl gobernó con el viejo equipo de Fidel. Es sólo a partir de que se deshace de ese equipo cuando toma el control de la sucesión, y quienes se sentían llamados a relevar a Fidel han sido desplazados. Sería demasiado pedir que el cambio fuera democrático.
Lo que sigue
El histórico líder e intelectual cubano, Armando Hart, ha dicho del gobierno de Obama que “si cumple su promesa (de aliviar el embargo) nacerá una nueva etapa en el combate ideológico entre la revolución cubana y el imperialismo. En ella (…) será necesario el diseño de una nueva concepción teórica y propagandística acerca de nuestras ideas y su origen”. Ese momento se acerca.
Los turistas que anualmente llegan a Cuba son dos millones 350 mil y dejan una derrama de dos mil millones de dólares: más de lo que dejan las exportaciones de azúcar, tabaco y níquel juntas. Con el levantamiento de la prohibición de viajar a Cuba para los estadunidenses, se espera lleguen en el primer año un millón de visitantes más y, al año siguiente, tres millones más. En dos años habría cinco millones 350 mil turistas e ingresos adicionales cercanos a los cinco mil millones de dólares. La situación cambiaría de manera notable, y la posibilidad de que esto suceda está a la vuelta de la esquina: los congresistas demócratas de Estados Unidos que hace tres semanas visitaron Cuba se manifestaron en contra del embargo y plantearon que la mejor forma de contribuir a la democratización de Cuba sería incrementando los contactos.
El problema es que el gobierno cubano estaba preparado para seguir viviendo en el bloqueo y con las restricciones impuestas por Estados Unidos a los cubanoestadunidenses, pero no para su levantamiento. La cohesión ideológica se facilitaba con la clara identificación del enemigo; si éste deja de existir se le abre espacio a la duda y a la obligación de redefinirlo todo. Hart, a partir de su experiencia, muestra lo que le ocurre a los dirigentes cubanos cuando dice que están ante “el reto inmenso de cómo enfrentar un tiempo nuevo en la lucha cultural contra el enemigo”. Uno que ahora está dentro, siendo la vieja ideología lo que los ata y les impide cambiar.



