El derecho a llamarse Doni Zänä

Luego de dos años de persistencia los padres de una niña otomí obtuvieron por fin su acta de nacimiento. La discordia: el nombre indígena.

  • 2009-06-06 | Milenio semanal
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Foto: Víctor Núñez Jaime

En México las niñas y los niños indígenas sufren la discriminación de la sociedad, las autoridades y hasta del sistema de cómputo. Ni siquiera se les respeta un derecho tan básico como tener un nombre. En el estado de Hidalgo un padre y una madre recorrieron un camino lleno de obstáculos para registrar a su hija con un nombre otomí. Esta es su historia.

El sol no tarda en ocultarse y en el sembradío de cempasúchil el viento empieza a soplar. Desde hace un buen rato César Cruz y Marisela Rivas cortan flores. Sus manos y sus ropas terrosas ya tienen impregnado el fuerte olor del cempasúchil. Forman montones de flores que luego venden para adornar las ofrendas del día de muertos en su pueblo, San Ildefonso, municipio de Tepeji del Río, Hidalgo, y así colorear un poco el gris cemento de sus calles.

Marisela tiene 35 años, la piel morena, el cabello rizado, el rostro redondo, los ojos negros y está embarazada. Sabe, porque lleva sus cuentas junto con el médico que la atiende y porque su vientre ya es enorme, que “está en días” de dar a luz a una niña, su quinta y última hija. Lo sabe y, sin embargo, está aquí cortando flores porque lo hace desde hace varios años, porque le gusta hacerlo y porque gracias a eso se gana unos pesos.

Antes de salir de su casa se sentía muy bien. Éste, como los anteriores, ha sido un embarazo sin complicaciones. Pero en medio de esa pequeña jungla que va del amarillo intenso al anaranjado, Marisela comienza a sentir piquetes en la cadera. Dolores que van y vienen cada vez más rápido mientras su rostro se desencaja. Se lo dice a César, su esposo. Es el último día de octubre, mes en que, como dice la canción, “la luna es más hermosa” y César, 37 años, alto, moreno, delgado, con reflejos dorados en su cabellera negra, tiene algo de músico y poeta y siempre se ha sentido orgulloso de sus raíces indígenas, de ser y de hablar otomí o hñähñu. Por eso sonríe y exclama:

—¡Ya sé cómo le vamos a poner a la niña!

—¿Cómo? Pregunta Marisela, entre aturdida y curiosa.

—Doni Zänä

—¿Por qué?

—Por la flor y por la luna.

—Ah, sí... pero ya me duele, contesta Marisela con un quejido.

No imaginan, ni por un instante, que en México es toda una hazaña registrar a una hija con un nombre hñähñu. A César y a Marisela les esperan casi dos años de discriminación y de naufragio burocrático. Se enfrentarán a las autoridades y, al paso de ese tiempo, Doni Zänä se convertirá en símbolo de esa lucha. Pero todo eso ocurrirá después, porque ahora Marisela resiente las contracciones, aunque, en forma más lenta, continúe cortando flores de cempasúchil. Piensa que al llegar a su casa formará pequeños manojos hasta llenar una tina y los venderá a 10 pesos cada uno. César y Marisela acomodan los tercios de flores en su vieja camioneta y regresan a su pueblo.

Foto: María di Paola Blum / Cuartoscuro.com

Al día siguiente los dolores se vuelven insoportables. En el Centro de Salud revisan a Marisela y la pasan a la sala de expulsión. Pero nada. El médico que la atiende, uno de los pocos que trabajan este primero de noviembre de 2005, le dice a César que mejor se la lleve al hospital de Tula. Al llegar recuestan a su esposa en una cama custodiada por una doctora y una enfermera. De pronto, las contracciones arrecian. Y en la intensidad del dolor Marisela expulsa a la nena.

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Pasaron las semanas y los meses y el hospital no entregaba el certificado de alumbramiento. Entonces Marisela viajó a la cabecera municipal de Tepeji del Río para obtener un Acta de No Registro. Era el viernes cinco de octubre de 2006 y la niña pronto cumpliría un año.

Al llegar al Registro Civil, Marisela dijo lo que necesitaba y el “licenciado” que la atendió le preguntó el nombre de la niña.

—Doni Zänä

—¿Cómo? Inquirió el funcionario con gesto agrio. A ver, escríbamelo aquí, y le extendió a Marisela una hoja de papel y un bolígrafo. Luego, arrogante, miró el nombre.

—¿Y esto qué es?

—Un nombre hñähñu.

—¿?

No supo ni se esforzó por comprender. Vio a Marisela de pies a cabeza y se metió a una oficina anexa. Intentó escribir el nombre en la computadora pero no supo hacerlo. Salió y, malhumorado, espetó:

—No se puede señora. La computadora no lo pone. No sale la “o” subrayada ni las diéresis en la “a”. El hñähñu es un dialecto que no puede escribirse bien.

—Sí se puede. Mi esposo lo ha escrito en su computadora.

—¿Qué no entiende que no? Respondió el hombre con voz elevada y acabó con el diálogo. Cuando Marisela avanzaba hacia la salida una frase retumbó en sus oídos:

—¡Pinche vieja, no entiende!

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Al lunes siguiente César viaja a Pachuca. Piensa que en la capital del estado, en las oficinas centrales del Registro Civil de Hidalgo, estará la solución. Lo atiende el “licenciado Sigifredo”, quien tampoco encuentra la forma de escribir correctamente el nombre.

—¡Cámbiele el nombre! Es lo mejor. Mire: después la niña va a tener problemas con sus documentos oficiales.

César no da crédito. Abre más los ojos y dice:

—Póngase en mi lugar. Si usted tuviera un hijo y quisiera registrarlo con el mismo nombre de usted, Sigifredo, y le dicen que le cambie el nombre, ¿usted lo haría?

—No, no me gustaría. Pero ya le dije: no es que yo no quiera. Es el sistema el que no registra esos caracteres. Ni en Tepeji ni aquí ni en el DF se puede. El sistema es el mismo. Mejor cámbiele el nombre. ¡O póngaselo en español! “Flor de luna”, suena bonito, ¿no?

Foto: Maria di Paola Blum / Cuartoscuro.com

La explicación del “licenciado Sigifredo” siembra la duda en César. Pero el momento en que eligieron Doni Zänä pesa más.

—No, mejor luego a ver cómo le hago. Es que ese es el nombre que queremos. Y yo sé que es mi derecho.

—¡Tú qué sabes! —le dice el “licenciado” antes de acomodarse en su silla para poner fin al encuentro.

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Pero César quiso saber. Para ese entonces, César y Marisela habían asistido a un curso sobre Derechos Indígenas impartido por el Centro de Desarrollo Humano y Comunitario, una asociación civil que desde hace ocho años trabaja con los vecinos del pueblo de San Ildefonso en la organización ciudadana y defensa de los derechos humanos y de los pueblos indígenas. Allí les explicaron que las lenguas indígenas son parte del patrimonio cultural e histórico de México y que son igual de válidas que el español para hacer trámites públicos. Doni Zänä tiene todo el derecho de llamarse así: hay leyes, tratados y reglamentos que, por separado y en conjunto, contienen los fundamentos legales que la respaldan; desde la Constitución mexicana, la Convención sobre los Derechos del Niño, la Convención Americana de Derechos Humanos y la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas hasta el Reglamento de la Ley General de Población.

César y Marisela entendieron que debían iniciar un lento vía crucis. Estaban conscientes de que sus peticiones podían perderse entre la indiferencia de los burócratas pero, lo que para algunos hubiera sido una pérdida de tiempo y de energía, para ellos fue la oportunidad de reivindicar sus orígenes, su lengua y su cultura. El coraje empujó a César a exponer el problema por escrito a José Antonio Bulos Salomón, director del Registro del Estado Familiar de Hidalgo. El funcionario le dijo a César que si no elegía otro nombre para su hija, cuando Doni necesitara otros documentos oficiales (credencial de elector, pasaporte, certificados escolares...) iba a tener la misma dificultad: las oficinas públicas o privadas escribirían el nombre como pudieran y la niña iba a tener un problema de “diversidad de identidades”. Cuando el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI) se enteró del caso, sugirieron ¡que se le cambiara el nombre a la niña!

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Esta no era la primera vez que César y Marisela tenían problemas por un nombre otomí. Hace poco más de ocho años, cuando fueron a registrar a su hija Yohoki, lo primero que les advirtieron fue que no ponían “nombres extranjeros ni de artistas”: pensaban que Yohoki era un nombre japonés. César se armó de paciencia y les explicó que Yohoki es un nombre hñähñu que significa “renovar”, “renacer”, y fue entonces cuando escribieron el acta de nacimiento, quizá gracias a que no tuvieron que usar signos ortográficos adicionales. Lo que muchos funcionarios públicos ignoran es que alrededor de 10 millones de mexicanos hablan 62 lenguas indígenas con 364 variantes. Pero aunque el carácter pluriétnico y plurilingüístico de México tiene reconocimiento constitucional, hay muchas lenguas indígenas que poco a poco se van perdiendo como consecuencia de la migración, el temor de ser discriminado y la falta de respeto, tolerancia y aceptación del resto de la sociedad.

Foto: Víctor Núñez Jaime

El Curso Básico de la Lengua Hñähñu, elaborado por la Asociación Civil Desarrollo Comunitario y Cultural Ma Nguhe, dice que el hñähñu u otomí se habla desde hace más de mil años, desde el florecimiento de la cultura tolteca. Se comenzó a escribir en la primera mitad del siglo XVI, hace unos 450 años. Hñähñu significa “aquellos que hablan la lengua nasal”. El hñähñu no es un dialecto. Es una lengua con sus propias reglas gramaticales y, para escribir el nombre Doni Zänä sin alterar su significado (“Flor de luna”), es necesario subrayar la “o” y colocar sobre las dos “a” una diéresis: la “o” subrayada o con guión bajo se llama “o abierta”, siendo uno de los sonidos más difíciles de pronunciar: se pone la boca como para decir “e”, pero se pronuncia “o”, mientras que la “a” con diéresis se pronuncia echando aire por la nariz.

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En los primeros días de febrero de 2008 el Registro del Estado Familiar de Hidalgo anunció que ya habían reformado el sistema de cómputo para poder registrar a Doni Zänä. Pero antes César tuvo qué poner una demanda de amparo que, después de pasar por el Tribunal Colegiado, podía llegar a la Suprema Corte de Justicia de la Nación. De no tener éxito allí César anunció que llevaría el reclamo a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y eso fue demasiado para el Estado mexicano: mucho más fácil que encarar un escándalo internacional era realizar un pequeño cambio técnico en su sistema de cómputo.

Fue hasta el 11 de junio de 2008, casi dos años después de ir por vez primera al Registro Civil y a unos meses de que la niña cumpliera tres años, que César y Marisela pudieron tener, por fin, el documento. Ese día llegaron vestidos con la ropa tradicional de su pueblo y en hñähñu solicitaron la atención. Ningún funcionario les entendió. Pasaron cuatro horas mientras “afinaban” el sistema de cómputo para que el acta quedara lista y el Registro Familiar le otorgara finalmente el acta de nacimiento a Doni Zänä Cruz Rivas, con todos los signos ortográficos propios del hñähñu. Al día siguiente, César sacó fotocopias y se las llevó a los funcionarios que le habían advertido que no iba poder obtener nada si no le cambiaba el nombre a su hija: fue con el secretario de gobierno de Hidalgo, con diputados locales, con el presidente municipal de Tepeji, con la CNDH, la CONAPRED y les dijo:

—Saben qué, les regalo una copia, para que vean que sí se pude.

Víctor Núñez Jaime