Museo de escritores
La hora del lobo
Federico Campbell
EDIMBURGO.- Quién sabe si habrá otra ciudad en el mundo con esta profusión de castillos medievales y edificaciones del siglo XVII que no han dejado espacio para ningún edificio moderno. Muy poco ven el sol los edimburgueses, ni siquiera en junio, cuando anochece a las 10 y media de la noche. Se repite una lluviecita constante y un vientecillo intermitente y le llaman verano a los días en que asoma un par de horas el sol y el termómetro apenas rebasa los 20 grados centígrados.
Los museos que acoge el castillo principal abundan en objetos y vestimentas militares. En cada uno de sus rincones está la exaltación de las batallas ganadas. Pero en un callejón apartado sobresale la histórica mansión de Lady Stair, construida en 1622 y comprada por el quinto Conde de Rosebery, quien en 1907 la donó a la ciudad para que se usara como museo. El Museo de los Escritores está consagrado a la vida y la obra de tres de los escoceses más conocidos: Robert Burns (1759-1796), Sir Walter Scott (1771-1832) y Robert Louis Stevenson (1850-1894), autor de La isla del tesoro y de Secuestro.
Del poeta Robert Burns se guarda el bastón de estoque que usaba cuando trabajaba como agente de aduanas y el escritorio de su casa en Dumfries. Del novelista Walter Scott, autor de Ivanhoe, se conserva su juego de ajedrez, el caballito mecedor en que jugaba, la mesa del comedor que tenía en su casa y la máquina más asombrosa de toda la exposición: una imprenta Waverly en la que imprimió casi todas sus novelas. Y del que es el más célebre de los tres, Robert Louis Stevenson, se exhibe su caña de pescar y su pipa antes de que en invierno se fuera al sur, así como las botas de montar y el sombrero que usaba cuando vivía en Samoa. Murió allí muy joven, en Vailima, a los 44 años, por un tan extraño como impredecible derrame cerebral, el tres de diciembre de 1894.
Y vaya que se fue al sur. Desde muy joven hubo en su carácter indicios de ensimismamiento y pérdida de interés en la vida. Escribe, “cuando sufro de la mente, mi único refugio son mis cuentos”. A lo mismo uno se referiría ahora hablando de una “falla de los neurotransmisores”. “Los cuentos me gustan como el opio y creo que quienes los escriben son médicos de la mente. La verdad es que no nos encomendamos a Shakespeare cuando estamos en un callejón sin salida. Acudimos más bien a Charles Reade o al viejo Alejandro Dumas o a lo mejor de Walter Scott… Lo que queremos son peripecias, embrujo, interés, acción, cosas que sucedan, historias”. Siempre tenemos hambre de historias, pero sobre todo cuando estamos hundidos.
Como ha de presumirse, el Museo de los Escritores muestra las salas donde, en la intimidad y el silencio, siempre en la soledad, los escritores orgullo de la ciudad escribieron sus libros: durante muchas horas y renunciando al mundo exterior. Paredes de libros. Pero la idea misma del museo es la que impregna de gran honorabilidad lo que una ciudad como Edimburgo considera importante.
“De todos modos”, escribe Stevenson, “hay una cierta predisposición mental para la que un cementerio viene siendo, si no un antídoto, sí un alivio. Si estás a punto de hundirte, no vayas a otro lugar que no sea éste. Tal vez por eso el otro día me descubrí prendiendo la pipa a la entrada del Old Greyfriars, harto de la ciudad, del país y de mí mismo”.



