Evodio Escalante: “En México la cultura crítica es muy pobre”

Por primera vez se entregó el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde a un crítico literario. Su ganador habla aquí de la crítica en México, sus dificultades y las polémicas que suscita.

  • 2009-06-28 | Milenio semanal
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La crítica literaria parece ser el patito feo de las letras mexicanas. La autocomplacencia, el autoelogio o el silencio suplen muchas veces la ausencia de un verdadero examen a las letras patrias. Evodio Escalante (Durango, 1946) es uno de los críticos y ensayistas que contra viento y marea —los escritores suelen tener la piel muy sensible— han hecho del ejercicio crítico y del ensayo una reflexión en voz alta, sobre todo porque la crítica, como el adjetivo en el papel, cuando no da vida, mata.

Escalante, autor de Las metáforas de la crítica (1998), La espuma de cazador (1998), La vanguardia extraviada (2003), El Dios en el precipicio, la poesía de Manuel José Othón (2006), Heidegger (2007) y Varia poética mexicana (en coautoría con Adrián Gimate-Welsh, 2007), recibió hace unos días —por el gobierno de Zacatecas— el Premio Iberoamericano Ramón López Velarde, obtenido entre otros por José Emilio Pacheco, Juan Gelman, Rubén Bonifaz Nuño y Alí Chumacero. “No cualquier bodrio merece la gloria de la imprenta. Toda idea merece ser discutida”, ha dicho el también autor de José Revueltas, una literatura del lado moridor, y quien, en charla con MILENIO Semanal, habla del sabor que deja ejercer la crítica en México y la situación de transición por la que atraviesa la cultura nacional, entre otros temas.

MC: ¿La crítica es importante sólo para la fauna literaria?

EE: La crítica, entendida en su sentido riguroso, tiene que ver con todos los órdenes de la existencia. Soy crítico literario porque ese es el terreno en el que me he movido. Para que haya una sana crítica literaria también tendría que haber una crítica política correcta y una crítica filosófica y, en general, una crítica cultural.

MC: Cuando no hay crítica, ¿qué pasa?

EE: Se entra en una inercia muy decadente que, me temo, es lo que está viviendo México. Un país en descomposición absoluta, que no encuentra uno ni por dónde buscar la salida, particularmente en el terreno de la crítica literaria. Salvo muy pocas y esporádicas intervenciones, la crítica está un poco de capa caída. Necesitamos un poco más de crítica y que ésta sea más plural, constante y que tenga más efecto en la realidad. A veces hay una pared de silencio como antídoto de la crítica, es espantosa esa situación.

MC: ¿Cómo es visto el crítico por la sociedad?

EE: Es el ser menos favorecido. El escritor, el novelista, el cuentista, el poeta, incluso el dramaturgo, de cierta manera tienen un reconocimiento social; el novelista se va construyendo una imagen casi de espejo de lo que es la sociedad mexicana. Acudimos al novelista o al poeta en busca de inspiración. La crítica pareciera ser un lenguaje meramente parasitario. Asumo con toda conciencia esta realidad.

La crítica tiene qué ser creativa a su modo. La primera manera es siendo arriesgada, sobre todo la de lo contemporáneo: puede salir un Cien años de soledad y yo como crítico pensar que es un libro mal hecho porque estoy reaccionando ante lo inmediato. El crítico arriesga su propia versión, su propia lectura, lo cual implica que se puede equivocar de manera estrepitosa.

MC: ¿Se hieren susceptibilidades?

EE: En México, sí. En México la cultura crítica en general es muy pobre. Los políticos no resisten la crítica, tampoco los escritores; ejercer la crítica es una forma de condenarse al solipsismo; todo mundo termina menospreciándote.

MC: Es más fácil acostumbrarse al elogio mutuo…

EE: Hay mucho de eso: el amiguismo. La reseña literaria se confunde con una reflexión de amigos. Trátame bien para que yo te trate bien. Se vuelve un sistema de complicidad. Todo mundo está opinando favorablemente de tu trabajo, y el día que sale un despistado a hablar mal de ti, pues es un loco, un energúmeno o un enemigo.

MC: Quizá porque una crítica negativa no sirve para obtener becas.

EE: Lo de las becas del Conaculta para bien y para mal fue una idea que promovió don Octavio Paz. Los talentos se acercaban a él para buscar su orientación y padrinazgo. Es un hecho conocido por todos que don Octavio palomeaba: él decía quién sí y quién no. Ahí se ve de qué manera un escritor muy reconocido se convierte en una especie de poder cultural que solicita una serie de favores y que a su vez los concede. Las relaciones humanas en esencia son un toma y daca. Sucede en todo el mundo y en todas las épocas: en México existió un amiguismo muy acentuado que llegó a ser un vicio.

MC: Paradójico, volviendo a la época de Paz, que cuando los cacicazgos en el país estaban desapareciendo predominara un cacicazgo cultural…

EE: Pues sí, era un gran cacique don Octavio Paz. Además hay que decir que él no inventó este cacicazgo, ya lo ejercía antes Alfonso Reyes, un escritor que merece toda mi admiración y reconocimiento; no tengo noticias de que Reyes haya hecho un uso sectario de su poder. Creo que era una gente de una generosidad impresionante. No se puede decir exactamente lo mismo de Octavio Paz, que tenía muchas preferencias, gente a la que sí consentía.

MC: ¿Qué hay en la obra de Octavio Paz?

EE: Es muy rica y ejemplar su figura. Yo siempre tuve una enorme distancia entre Octavio Paz como figura política y como aglutinador de voluntades. Eso no me impide reconocer en él a un enorme talento literario. Es un escritor que se empapó de la tradición mexicana, que la asimiló y la transformó. Sorprende en Paz el talento literario pero también su capacidad de esponja, de absorber todas las influencias. Podía leer a Samuel Ramos y chupárselo completo, pero también a Gorostiza y de alguna manera interiorizarlo, transformarlo y convertirlo en otra cosa.

MC: ¿Han cambiado las cosas en la cultura después de la muerte de Octavio Paz?

EE: En una conferencia que dio Heriberto Yepes en La Casa del Poeta decía que ya no iba a escribir poesía porque después de Paz ya no se puede escribir poesía en México. Entendí que lo decía en un tono de provocación, como muchas de las cosas que inteligentemente hace Yepes. Obviamente, hay un hueco, cuando menos en un grupo de escritores que estaban arropados por la figura de Paz, pero yo creo que la producción literaria continúa con sus altos y sus bajos. Vamos, la presencia de Pacheco es un ejemplo de que la literatura mexicana está viva. Gente como él o como Enrique Serna, Francisco Hernández, creadores de primer nivel. Eduardo Lizalde —su poesía me parece que no la hemos apreciado tanto— es de los pocos que se han atrevido a escribir poemas de gran aliento, a cultivar el riesgo del poema extenso, como hizo Gorostiza en Muerte sin fin, o el propio Paz en Pasado en claro o en Piedra de sol.

MC: ¿Qué busca el crítico? ¿La paja en el ojo ajeno?

EE: Quizá se necesita un poco de mala fe para ejercer la crítica, que sería lo contrario a la ingenuidad. O a veces la ingenuidad hace que te descalabres. Cuando vi que acababan de publicar en España una nueva traducción de la Fenomenología del espíritu de Hegel, pensé que tenía que ser interesante. La pido por internet, me llega un libro de mil 200 páginas, empiezo a leerlo y me llevo una decepción terrible; resulta ser una traducción bastante mala, llena de notas y de corchetes. El libro es realmente ilegible.

MC: La polémica con Javier Sicilia respecto a los “préstamos” en que incurre en Tríptico del desierto, ¿Qué deja?

EE: Cuando hice la crítica del libro de Javier Sicilia tuve dos antecedentes; me entero que Tríptico del desierto había recibido el premio Aguascalientes; “qué bien”, dije, “el premio de poesía más importante”. Luego vi publicado uno de los poemas. Me dejó una impresión muy ambigua, sonaba a Rilke, a Eliot, “¿qué es lo que está pasando aquí?”, me pregunté. Me dejó una sensación muy extraña y surgió una pregunta que debo calificar de morbosa: “¿Así va a estar todo el libro?”. Casi a diario iba a la librería para ver si ya había salido y verlo como totalidad: los hermeneutas dicen que siempre hay prejuicios, pero toman el prejuicio como algo positivo.

Las conclusiones son varias, dependiendo de cada lector. Me reafirma que en México no estamos acostumbrados a la crítica; acepto que mi crítica pudo haber sido bastante ruda y minuciosa, pero no era un ataque personal. Sentí que había, como siempre sucede en las polémicas, una expectación, un interés que en el fondo es muy positivo. Ahí se estaba planteando no sólo el asunto de los préstamos, qué tan válidos o no válidos son en un poeta, sino también el asunto de qué es el autor, qué es la intertextualidad, cuál es el diálogo con la tradición, qué tan cerca puedes estar o no de los grandes maestros. Porque un diálogo, un debate nos invita a que nos ilustremos en todos los sentidos. Se lee el libro criticado para ver lo que dice el crítico. Porque no hay que creerle al crítico ciento por ciento. El crítico da su versión de los hechos pero la última palabra la tiene el lector, nos guste o no. Y va a ser el lector el que diga si se quedó corto el crítico, si está equivocado y no supo ver lo que hay en ese libro. Es parte de una cultura pública saber que estamos expuestos al juicio de los demás.

MC: Con la cuestión del Bicentenario, ¿qué estamos celebrando?

EE: ¿Por qué me preguntas eso a mí? Pregúntaselo a Consuelo Sáizar.

MC: ¿Qué celebrarías tú?

EE: La existencia de un pensamiento y de una crítica independiente, aunque no sé qué tanto existan. La tradición literaria mexicana es muy fuerte, más que la filosófica u otras tradiciones. Desde Altamirano, Gabino Barreda, El Nigromante, Justo Sierra, Manuel José Othón, Salvador Díaz Mirón, Alfonso Reyes, todo el grupo del Ateneo… hemos tenido una cultura muy poderosa, herencia que estamos obligados a asimilar: la herencia no es algo que cae del cielo, es algo que se tiene que conquistar.

MC: ¿Podemos saber hacia dónde va la literatura mexicana?

EE: Es muy difícil. Hacia el pasado sí, se consolida una historia, ciertos grupos y obras. Me gusta el movimiento Estridentista por la ruptura que hay en ellos; los Contemporáneos, con Pellicer, Villaurrutia, Cuesta y Novo logran un nivel de excelencia poética que no se había dado antes. Salvo en figuras aisladas como Díaz Mirón, Othón o Alfonso Reyes. Uno nunca sabe qué viene mañana. El gran genio de las letras mexicanas que va a cambiar el rumbo de la historia a lo mejor ya publicó su primer libro y ni nos hemos dado cuenta.

MC: Háblanos sobre el Premio Iberoamericano de Poesía que te otorga el gobierno de Zacatecas

EE: Me parece una fortuna que no me hubiera imaginado. Me da un enorme gusto, primero por López Velarde, porque es un poeta totalmente vigente, seguimos atados a él de alguna manera y tenemos que leerlo para completarnos. Me siento afortunado de que esta vez se hayan fijado no tanto en un creador sino en un crítico; tiene su chiste porque la crítica no es lo más fácilmente reconocible dentro de las tradiciones culturales. Hay tareas que uno nunca realiza en la vida, quizá la mía es escribir un libro sobre López Velarde.

Margarito Cuéllar / Fotos: Sandra Perdomo