Farrah & Jacko: Réquiem por dos leyendas

Auténticas figuras icónicas de la cultura popular que en su momento encarnaron de modo concreto y global la noción de la celebridad mediática.

  • 2009-06-28 | Milenio semanal
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El jueves 25 de junio, una generación entera —la que creció entre los años setenta y ochenta— fue sacudida por el fin de una era: las muertes, una tristemente esperada y la otra desconcertantemente súbita, de Farrah Fawcett y Michael Jackson, auténticas figuras icónicas de la cultura popular que en su momento encarnaron de modo concreto y global la noción de la celebridad mediática, radiante de carisma, que se las ingenió para dejar huella en la memoria colectiva.

Una rubia, un sarape y lo demás…

Aunque ya había debutado en cine en 1970 como la rubilinda virgen de Hollywood en la joya del camp —¡basada en una novela de Gore Vidal!— Myra Breckinridge, la texana que nació llamándose Ferrah Leni Fawcett (su primer manager le cambió una vocal para que fuera más armónico) alcanzó la fama hasta los 28 años, en 1976, cuando se incorporó al reparto de la serie de culto Los Ángeles de Charlie, junto con Jaclyn Smith y Kate Jackson. Como la sexy Jill Munroe, la Fawcett llegó a millones de espectadores alrededor del mundo acompañada por los acordes del memorable tema compuesto por Henry Mancini, y así pasó de ser atractivo visual de relleno (y esposa de Lee Majors, entonces de moda como El Hombre Nuclear) a convertirse en genuina superstar.

Algo de la culpa de esta repentina popularidad tendría aquella famosa foto publicada en la revista Life ese mismo año, que la mostraba luciendo en todo su esplendor su sonrisa deslumbrante y su característica melena dorada (definió toda una época: millones de mujeres se peinaron igual por años), con un traje de baño rojo donde se ve claramente la ausencia de sostén y un colorido sarape de Saltillo a modo de ciclorama. La imagen no sólo fue el póster más vendido de la historia (¿cuántos no lo tuvieron en la pared de su habitación en la adolescencia setentera?), sino que fue la imagen primera de la fantasía sexual de millones en todo el mundo.

Inquieta y deseosa de trascender a su programa semanal, abandonó la serie en 1978 para incursionar en el cine con poco éxito (¿quién recuerda Alguien mató a su marido o Saturno 3?), pero se mantuvo vigente no sólo gracias a su vida amorosa (flor de escándalo al abandonar a su marido para ser compañera durante muchos y borrascosos años de Ryan O’Neal, con quien procreó a su único hijo, Redmond, hoy un joven de vida difícil), sino también por el insólito segundo aire que tuvo su carrera cuando muchos ya la veían en la lona al acercarse al teatro Off-Broadway y a proyectos de prestigio en la pantalla chica como La cama ardiente —donde interpretaba con brutal realismo a una mujer golpeada que literalmente quema a su marido— además de algunas miniseries biográficas basadas en las vidas de figuras como Barbara Hutton (heredera de la fortuna Woolworth), la fotógrafa Margaret Bourke-White y la cazadora de criminales nazis Beate Klarsfeld, mismas que le valieron nominaciones a premios Emmy y Globos de Oro. Su última participación de importancia en cine fue en El Evangelista, protagonizada y dirigida por Robert Duvall, por la que recibió los elogios de la crítica que durante décadas la había eludido.

Desde 2006, cuando se le diagnosticó el cáncer colorectal que finalmente acabaría con su vida, la Fawcett se avocó a hacer campaña para prevenir este mal: su imagen de símbolo sexual pasó a segundo plano y se le reconoció como una mujer valerosa. Irónicamente, O’Neal le propuso (por enésima vez) matrimonio poco antes de su muerte y en esta ocasión, ella aceptó, aunque ya no tuvo tiempo para hacerlo. Sin proponérselo Farrah Fawcett se convirtió en la imagen de los años setenta —más aún que Richard Nixon, Bruce Lee o el mismísimo John Travolta— y su fallecimiento, doloroso y triste, anuncia el final de un sueño quizá injustamente opacado por la desaparición de Michael Jackson, El Rey del pop.

Farrah Fawcett, Jacklyn Smith y Kate Jackson:   <i>Los Ángeles de Charlie J</i>.
Farrah Fawcett, Jacklyn Smith y Kate Jackson: Los Ángeles de Charlie J. Foto: AP / Archivo

Fuera de este mundo

¿Qué se podría escribir sobre Michael Jackson que no se haya aludido, desglosado y examinado antes hasta el cansancio? Los rumores, las especulaciones, las verdades a medias y las mentiras descaradas: todo tal y como a él le gustaba para establecer una imagen cada vez más distorsionada, ajena a la realidad y al mismo tiempo —al menos para sus fans, que se cuentan por millones— ostensiblemente mitológica. Y es que el propio Michael Jackson, el baby de los Jackson Five, fue el arquitecto de su propia leyenda y su desconcertante conclusión fue tan fantástica como si la hubiera planeado él mismo: sale del ojo público como entró en él, de golpe, con un impacto notable y sin que nadie pudiera detenerlo.

Habrá quienes lo vean con menosprecio o como un auténtico superfreak. Ya no era ese chicuelo con afro y nariz natural que le cantaba a Ben La rata asesina, no sin ternura, y que enseñó al mundo que ABC es tan fácil como One-Two-Three, ni tampoco era ya aquel joven y vibrante ídolo de las masas ochentenas que caracterizado de zombi ejecutaba espectaculares rutinas de baile con un guante enjoyado. ¿Excéntrico inconsciente e irresponsable? Posiblemente. ¿Cínico pederasta impune? Muchos, millones, piensan eso. ¿Sobreexpuesto? Lo más probable.

Es de notar que las múltiples reinvenciones de Jackson contribuyeron en su momento a que se convirtiera en el astro pop más célebre del mundo —con su propia escuela: basta ver a Madonna, alumna tan aplicada que es hasta hoy su única otra contraparte válida—, llegando al punto en que todos querían ser como él, o al menos lo imitaban: si, como dicen, la imitación es la más sincera forma de halago, Michael Jackson, allá por 1983 (y hasta hace unos 10 años) era sin duda el hombre más halagado del mundo. Paul MacCartney reconoció su brillante carrera y, nada tonto, se acercó a él en su momento de gloria, en los ochenta, para grabar juntos algunas canciones de éxito (“The girl is mine”, “Say, say, say”); la mancuerna se distanciaría y enfriaría glacialmente con los años pero sirvió para manifestar un cambio de guardia: si alguna vez John Lennon (completamente sacado de contexto) se atrevió a decir en los sesenta que los Beatles eran más populares que Jesús, no es exagerado decir que, en los ochenta, gracias al pasito del Moonwalk (que el mismísimo Adalberto Martínez Resortes clamaba era creación suya) y a temas como “Billie Jean”, “Beat it”, “Don’t stop ’til you get enough”, “Smooth criminal” (que describe un asesinato urbano con ritmo stacatto muy bailable y un memorable coro: “Annie are you okay/ Annie are you okay/ Annie?”), entre otros, Michael Jackson era exponencialmente más popular que los Beatles.

Después vendría la lenta debacle: las excentricidades contrapuestas a las extensas giras, el accidente durante la filmación de un comercial de Pepsi, pretexto ideal para su segunda y más notoria hojalateadita de 1984 y el rancho Neverland, donde vivió la infancia que su (muy ambicioso) padre nunca les permitió tener ni a él ni a sus hermanos. Y claro, los dimes y diretes con Jermaine (que siempre lo resintió); los dolores de cabeza con LaToya (que trataba tanto de emularlo que incluso se operó tantas veces como él); la competencia con Janet (la única de los hermanos que logró una carrera notable por mérito propio y relativamente libre de escandalazos); los matrimonios apresurados e inexplicables; su manifiesta paternidad —mediante un arreglo con la ex enfermera Debbi Rowe— y las denuncias por abuso sexual a menores con sus circos mediáticos, veredictos frustrantes y total anticlímax. No obstante Jackson siguió presentándose ante las cámaras en una constante transformación (hasta resultar irreconocible, salvo por la voz), alegando buscar la anhelada privacidad pero siempre cortejando a la opinión pública, en cuya voz encontraba justificada su existencia como la estrella que siempre aspiró a ser.

Más allá de los tribunales, las alharacas, los hermanos parasíticos y envidiosos, los benevolentes ojos violeta de la Taylor, la boda y divorcio precipitado con Lisa-Marie Presley, el chimpancé Bubbles y los millones de dólares desperdiciados vaya usted a saber sabe en qué, el Jacko llegó para quedarse y su deceso, de un presunto ataque cardiaco fulminante, a tan poco de su muy cacareado comeback, es el broche de oro ideal para que se le devuelva al trono. Ya no habrá inmundicia y maledicencia (o al menos esto es lo que sus fans esperan, viéndolo ya como un fenómeno de la estatura de Elvis o Lennon). Su prestigio lo obtuvo con base en el trabajo incansable y un talento natural que nadie le regatea: a los 50 años de edad, el Jackson más famoso se convierte en mito y si la gente habla, que así sea. Es exactamente lo que él, blanco o negro, máscara o niño del espacio atrapado en un mundo ajeno, habría anticipado… e incluso, tal vez gozado a más no poder. Toda prensa es al final buena prensa, y más cuando puede decirse “Yo soy leyenda” sin faltar a la verdad.

Miguel Cane