La prueba del ácido

Otra parte

Rogelio Villarreal

  • 2009-06-28 | Milenio semanal
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Alejandro Encinas, ex comunista convertido al credo de Andrés Manuel López Obrador, prometió en diciembre de 2006 escribir un libro que “sería implacable” con los críticos del candidato perdedor aunque, como declaró entonces, “no nos ganaron la elección, nosotros la perdimos” (“Alejandro Encinas: El delfín de AMLO”, Reforma, suplemento Enfoque, 9-III-2008). El best-seller aún no ha visto la luz y, si algún día llegara a ser publicado, difícilmente contendrá algo más que los lugares comunes que repiten desde la derrota los intelectuales embaucados por López Obrador y embelesados con su falsa vocación democrática y progresista. Desde luego, sería interesante leer cómo un hombre de apariencia beatífica que no pierde oportunidad de presumir su integridad y sus principios justifica los cismáticos malabares ejecutados en Iztapalapa hace unas semanas por el caudillo al ungir y destituir, simultáneamente, al ejemplar ciudadano Juanito.

En el movimiento pacífico del gandhi-obradorismo no hay espacio para la disidencia, y el periodista, académico o vecino que no esté con él pasa automáticamente a engrosar las filas del yunquepanismo, de los traidores a la patria y de los cómplices de “la mafia” que, ay, le robó la presidencia. Y eso es motivo suficiente para prodigarles insultos y amenazas. El retropriista vendaval de Tabasco azuza, provoca y sonríe como un padre ejemplar.

El politólogo Arnaldo Córdova, por ejemplo, dejó el estudio y ahora ensalza a López Obrador con retórica digna de la burocracia soviética: “El camino elegido por López Obrador para levantar y sostener este gran movimiento cívico está todo sustentado en la fidelidad a las instituciones y al derecho vigente en este país” (“El voto como la vía para el cambio”, La Jornada, 17-V-2009), al igual que Lorenzo Meyer, historiador y creyente en el dogma del fraude, como lo confesó a Luis Mandoki en su “documental”: “La única fuerza política aún empeñada en la búsqueda de una salida al círculo cerrado en que se encuentra el proceso político mexicano es la encabezada por AMLO. Sin embargo, el gran poder de sus adversarios combinado con la desilusión colectiva con la política (...) hace que la construcción de la alternativa desde la izquierda y desde la base no logre recuperar el terreno perdido en 2006” (“El círculo cerrado”, Reforma, 21-V-2009). La verdad es que ninguna de estas eminencias se ha metido a desmontar el discurso de un político populista que gustoso se tomaría un café con Mussolini y Chávez, y que es uno de los principales culpables del desastre de la izquierda mexicana.

De izquierda se califican versiones históricas tan contrapuestas que la han convertido en un complicado rompecabezas, pues en ese amplio espectro caben democracias como España, Finlandia, Portugal, Brasil y Reino Unido (países gobernados por socialdemócratas) y longevas dictaduras como las de Cuba, China, Vietnam y Corea del Norte. Una izquierda en verdad democrática debe equilibrar la democracia y la libertad con la justicia social y el Estado de bienestar, sin dejar de cuidarse de su principal peligro: el caudillismo demagógico que con el supuesto fin de luchar por reivindicaciones sociales del pueblo —“bueno”, of course— sólo se ocupan de hundirlo más en aras de su insaciable avidez de poder. La prueba del ácido para distinguirlo es el respeto a la legalidad democrática, algo que a López Obrador y a sus intelectuales les tiene sin cuidado.