El rey del moonwalking
Pepe el toro es inocente
Jairo Calixto Albarrán
Michael Jackson ha muerto y ahora recorre el mundo como zombie de coreografía de Thriller. Para evocarlo, desempolvo una vieja crónica del paso del rey del moonwalking por el Estadio Azteca.
Un zulú empeñado en replicar al bwana que le ha venido dando con el látigo de su desprecio; ese es Michael Jackson. Un chichicuilote extravagante, amo de las metamorfosis y las apariencias que engañan; pura ilusión óptica, juego de espejos que abandona a la mirada en el laberinto de las exégesis, en el recuento de los cabos sueltos, en la metonimia de lo superficial. El festín se había iniciado. El Papa de la música pop daría una larga y concienzuda misa rociada con las aguas negras de la Pepsicola.
Es un diálogo de brontosáuricos trinetrones que coagulan las imágenes multiplicadas, dilatadas, ampliadas de un camaleónico Michael Jackson que cambia de vestimentas en cada track. Los rayos láser colorean la pirotecnia verbal que el robótico sujeto confecciona desde el micrófono; sus pies se desplazan, difuminan, corrompen los secretos de la aerodinámica y de la gravedad: el aspecto frágil de su cuerpo es sólo proporcional a la variedad de sus genuflexiones y giros. Ahí está el guante blanco, las calcetas blancas, la banda negra en las mangas de camisas, chamarras y sacos: la parafernalia que los feligreses aprendieron a venerar desde que Michael dejó su piel morena y se trasquiló el african look que lo caracterizaba cuando tuvo cabecita de explosión.
Una sola mirada no alcanza para abarcar la composición total del escenario, que es como una gran chistera depositada en la grama de un estadio y de la cual se pueden extraer algo más que conejos. Las estructuras son capaces de almacenar toneladas de equipo sincronizado tecnológicamente para generar asombro: grúas atiborradas de luces, cámaras y acción; instrumentos capaces de pergeñar sonidos que al licuarse entre chips y ecualizadores aspiran a ser como los que producía el legendario flautista de Hammelin; todo junto con una tribu nómada hiperentrenada en el baile, el canto y el melodrama puestos al servicio de Michael, el verdadero ogro filantrópico.
De entre la masa anónima, Michael le indica a alguien que puede subir al escenario. La chica que se adhiere al cantante como una lapa no es tan desconocida: ¡Sí, señoras y señores, rompiendo todas las marcas del oportunismo tenemos a la megalomaniaca de Thalía abrazándose a Michael con la urgencia de una ninfómana a un condón! Obnubilación, taumaturgia prefabricada, pastoreo de machacamientos iconofílicos, ritos de los afanes gregarios, alucinación tecnológica que se muerde su propia cola... Mucha luz, mucha sonorización, un control despiadado sobre los fenómenos del escenario.
De Thriller a Dangerous el tipo no para de bailar con esa suerte de pantomima robótica y teatral que es el moonwalking. Sus coreografías no han cambiado, pero se han vuelto más exactas; no hay equivocaciones, no hay dudas, los ritos de la asepsia organizada han triunfado. Michael Jackson se despide con la única frase hecha que pudo aprenderse en español: “los quiero mucho, los quiero mucho”, repetía mecánicamente, en tanto se colocaba un traje plateado, unos propulsores en la espalda y un casco que sólo dejaba ver lo frío de su mirada.



