La Biblia vaquera y El Libro Vaquero

Pepe el toro es inocente

Jairo Calixto Albarrán

  • 2009-07-18 | Milenio semanal
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Ilustración: Blumpi

Si un libro es incapaz de orillarte a escarbar en el ataúd donde pernoctan tus demonios, no merece ser leído. Un libro está obligado a reconfigurarte los prejuicios y a consolidar lo más preciado que puedes atesorar: tus dudas. Un libro debe tratarte como a la peor de tus pesadillas y aún así extraerte con pinzas la lucidez resguardada en las alforjas del humor.

Por eso, ante el desolador panorama de la literatura mexicana, compuesta en su mayoría por burócratas de la escritura y metrosexuales de la poesía, no me queda más remedio que sugerir la lectura de La Biblia vaquera de Carlos Velázquez, joven escritor nacido en los áridos páramos de Torreón, Coahuila, donde su padre no quiso llevarlo a conocer el hielo.

La Biblia vaquera podría ser La Biblia de neón de John Kenedy Toole si éste hubiera nacido bajo los influjos del espíritu norteño, donde el corrido triunfa sobre la lógica aunque el funcionalismo empresarial haga berrinche. La Biblia Vaquera se compone por un puñado de historias donde el folclor postnorteño organiza ritos de apareamiento con el cartesianismo tragicómicamente chelero que se alimenta de burritos, machaca con huevo, el sonido de la tambora, el spanglish y el mítico territorio de las leyendas del santo narco de atocha.

El buki bichi dándole tatahuila con un bitachi en la bichola, ha perdido la inocencia y ahora se desliza en antros, convive con el plomo, se sacude los deseos con gimnasias perversas y reconstruye su pasado con retazos de cuerpos desprovistos de cabeza.

La Biblia vaquera, escrita conforme a derecho de pernada de la lengua popular, nos guía por un inquietante periplo en los paisajes de la marginación poblada de criaturas decididas con firmeza a defender su estilo de vida alternativo e hiperbólico con bacanora incluido. Allí circulan padrotes y vivales, putas y reputas, teiboleras henchidas de rencor, dealers de medio pelo, entidades mad max y capos ciberpunks.

Ya desde el primer libro de Carlos Velázquez que porta el prodigioso título de Cuco Sánchez blues, se vislumbraban sus deudas con beatniks, Miller, Bukowski, José Agustín, la norteñiza literaria, y el eterno On the road de un Kerouac que anda en troca por los caminos del norte, vámonos para Popstock, que es como la Tierra Media de El señor de los anillos pero en versión de Los Tigres del Norte y Valentín Elizalde.

Velázquez ha perdido la esperanza pero no el sentido del humor. “Burritos en yelera” refleja la naturaleza salvaje y lasciva de sus apetitos literarios. En ese pueblo los machines de la droga se mataron a balazos tarantinescamente y los adictos se quedaron sin proveedores. El síndrome de abstinencia es su pinchurriento legado.

Conocí a Carlos, como se conoce la gente más íntimamente en estos días, por correo electrónico. Desde entonces le publico sus engendros en “El Angel Exterminador” de MILENIO Diario. El más conmovedor: la crónica de un maratón de teibols en Monterrey, la tierra prometida del tubo.

Él pudo haber sido guionista de El Libro Vaquero pero prefirió orarle a La Biblia Vaquera que se niega a ser cuáquera.

Lo tuyo, Charly, es lo inmoral, lo ilegal y lo que engorda.

jairo.calixto@milenio.com www.twitter.com/jairocalixto